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"Edadismo ó la estupidez humana"

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A veces, cuando menos lo espero, se me viene a la cabeza una frase contundente: algunas quizá sean sólo reflexiones que, no sé cómo salen de lo más hondo de mi interior, y otras, son de las conocidas como "citas célebres". Esta mañana, recién levantada, me ha invadido una de estas últimas, y no me ha quedado más opción que ser amable, y dejarla pasar invitándole a quedarse un ratito.  "El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo". Creo que no es necesario aclararlo, pero por si acaso, tamaña frase pertenece al párrafo con el que da comienzo "Cien años de soledad", del añorado escritor y periodista colombiano, Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura en 1982. Esto último es, casi, irrelevante. Los que han leído, leen, releen, y leerán a "Gabo", lo harían igualmente, aunque la Academia Sueca no se hubiera acordado nunca de él. 

La cuestión es que, mientras me preparaba el desayuno recitaba mentalmente, una y otra vez la frasecita, hasta que, de repente, y tras dejar la tostada en un plato, me he sorprendido diciendo en voz alta: "Ya, pero hay cosas que no se pueden señalar con el dedo". Como en uno de esos flashbacks a los que nos tienen tan acostumbrados las series televisivas, he revivido un episodio que tuvo lugar hace unos años en el transcurso de una entrevista de trabajo.

Antes de nada, tengo que poneros en antecedentes. Por aquel entonces, aproximadamente ocho años atrás en el tiempo, los portales de empleo ya tenían todo el protagonismo en el ya precario mercado laboral, y, sobre todo, la "sartén por el mango". Era un momento en el que nadie se cuestionaba al inscribirse, el motivo de tener que poner (sí ó sí)  tu fecha de nacimiento, así como un gran número de datos personales que, por supuesto, no tenían nada que ver con los distintos puestos a desarrollar. De esas plataformas, una de ellas ya sobresalía del resto, siendo la más visitada,  para después, inscribirse en sus ofertas. Recuerdo que yo solía postularme en perfiles distintos, si bien tenía la experiencia y capacidad que se requerían para ello. Tras un tiempo, empecé a notar que ya no tenía entrevistas con la frecuencia con la que solían llamarme, y un buen día, comentándolo con una amiga, me dijo, para mi sorpresa, que se había enterado de que el famoso portal de empleo aplicaba el filtro de la edad, y, ya de entrada, se descartaba a muchísimas personas en el mismo momento de inscribirse a la oferta, sólo por su edad. A ella a su vez se lo había contado alguien que, además, le había dado una "solución". De hecho, ya la estaban utilizando muchas personas en aquel momento: cambiar el año de nacimiento, es decir, si habías nacido en 1968, por ejemplo, ponías 1978, y, según aquélla chica, "si te llaman, no hay problema, con decir me habré equivocado al mecanografiar la fecha", estaba todo arreglado. Recuerdo que nos estuvimos riendo, aunque maldita la gracia que tiene el asunto, y tras un rato de conversación le dije que lo iba a hacer, aunque fuera simplemente como "experimento sociológico", una frase muy socorrida, que sirve para casi todo. 

A los dos días de haber "rejuvenecido" diez años mi perfil en este portal, me llamaron de dos empresas distintas para citarme a sendas entrevistas de trabajo. Casualmente, las dos eran para el mismo día, y por la misma zona, así que pensé en mi "buena suerte" al tener la agenda completa esa jornada. Llegó el día señalado, miércoles para más señas, y tuve la primera, a las once de la mañana, sin nada digno de reseñar. Al salir, me acerqué hasta el madrileño parque del Retiro para hacer un poco de tiempo hasta la segunda, que estaba fijada a la una del mediodía, y en realidad, era el "plato fuerte". ¡Quién me iba a decir a mí, mientras me dejaba acariciar por el aire de aquella mañana de otoño, que tras ese sereno paseo, iba a vivir aquélla experiencia! 

Tras esperar unos cinco minutos frente a la Recepción de aquellas imponentes oficinas (tal como correspondía al prestigio de la compañía en aquel momento), y situadas en una de las principales calles del barrio Salamanca, llegó una secretaria muy amable invitándome a que la acompañara. La seguí hasta el final de un largo pasillo, donde al final abrió una puerta anunciando mi llegada. Entré en un luminoso y diáfano despacho, y tras las presentaciones, fui invitada a sentarme. Al otro lado de la mesa, una señora de unos 50 años (aunque aquí ya no sé si acierto, después comprenderéis la razón...) lucía su sonrisa más encantadora y rompía el hielo preguntándome si me gustaban las oficinas. Obviamente, le dije que sí, y se dispuso, currículum en mano, a "repasar" conmigo todas y cada una de las experiencias profesionales reseñadas en él. Esto es algo que no entiendo, y que hacen multitud de entrevistadores que, en realidad, el problema que tienen es que no saben entrevistar a l@s candidat@s y optan por lo más "socorrido".  Pero volvamos a la escena. La señora, Directora Ejecutiva de una prestigiosa firma multinacional (en aquel tiempo), en el sector de la estética, me miraba de arriba a abajo, y, en un determinado momento, hizo un inciso, para decirme "va usted muy elegante", y antes de que me diera tiempo a reaccionar, lanzó el remate: "¿Viste siempre así?"  En realidad, haciendo un alarde de sutileza, lo que quería saber es si iba vestida de traje de chaqueta negro ribeteado en blanco, sólo "para la ocasión", como diría mi admirado Joan Manuel Serrat.  Con amabilidad, pero contundente al mismo tiempo, le respondí que sí, que cuidaba mi forma de vestir, peinarme y maquillarme siempre, porque creía que era uno de los reflejos de mi esencia, y además me gustaba verme bien a mí misma. Creo que aquéllo la "conquistó", pero simplemente fui yo misma. Tras el repaso al cv, se detuvo en contarme que las funciones del puesto bajo el nombre de Consultora, consistían en recibir a personal del sexo femenino que acudía con cita a las oficinas para interesarse en tal ó cual tratamiento estético, todos de última generación, por supuesto, carísimos, y saber asesorarles adecuadamente para que cayeran rendidas ante sus bondades. Es decir, atender a mujeres de alto poder adquisitivo, y convencerlas de que con cualquiera de aquellos tratamientos, se quitarían diez años como por arte de magia. ¡Diez años!

En aquel momento, como por arte de magia también, vino a mi cabeza el detalle de aquellos diez años menos que yo ya me había quitado, y sin necesidad de haberme gastado un pastizal, ni de que nadie me tocase la cara. Pues bien, en aquel preciso instante, y como si los astros se alinearan, aquella flamante directora (que hoy sería CEO. ¡Por cierto, qué feo!), pronunció las  palabras mágicas que tod@ entrevistad@ querría oir: "Me gusta usted, creo que es la candidata ideal para este puesto, y no suelo equivocarme". Antes de que acabara de darle las gracias, continuó: "Recapitulemos, Mercedes. Tiene usted una gran facilidad de palabra, sabe desenvolverse, claro, es lógico, como es periodista, eso le habrá dado muchas tablas..  También ha trabajado durante algún tiempo como Secretaria de Dirección, y Asesora Comercial, lo que le confiere la experiencia en el trato con el público, algo que también buscamos. Es usted elegante en sus formas, no sólo en el atuendo, y, muy atractiva, si me lo permite. Tiene, además, 36 años, por lo que veo recién cumplidos de septiembre... ¡Vamos, que, aunque tenemos otras dos entrevistas más esta misma tarde, ya le adelanto que a mí ya me tiene ganada!"

Sabía que tenía que interrumpirla, y no podía dilatar más el momento. Así que, me armé de valor, y con gran confianza en mí misma le dije: "Discúlpeme, Mercedes (éramos tocayas, y me había sugerido que la llamara por su nombre de pila).  Me temo que debe haber algún error: usted acaba de decir que tengo 36 años, pero no es así. Los que acabo de cumplir son 46.."  A la señora le cambió el color del rostro, se puso blanca como la pared, y sólo le faltó aquello tan manido en las películas clásicas de pedir las "sales". Se recompuso como pudo, y, ya con otro tono de voz, mucho más distante, lo primero que salió de su boca fue: "Pues se conserva usted muy bien para tener 46". Le dí las gracias otra vez, y, antes de que pudiera seguir hablando, me cortó en seco y me dijo, mirando de reojo su reloj, que la disculpara, ya que tenía una importante comida y se tenía que ir. "No se preocupe de nada: Carolina, mi secretaria, se ocupará de llamarla para transmitirle nuestra decisión".  Sin mirarme a los ojos ni una sola vez más y sin ofrecerme la mano como despedida, gesto que sí tuvo a mi llegada, me invitó a salir de aquel despacho.

Mientras recorría el pasillo que me conducía a la recepción, y de ahí a la salida, pensé fugazmente que hay cosas que no se podían nombrar, porque aún no se había inventado la palabra para hacerlo. Hoy sí, hoy podríamos decir que lo que acabo de relatar, completamente verídico, es un claro ejemplo de Edadismo, ó discriminación laboral por motivos de edad. Pero, en aquel momento, mientras esbozaba una sonrisa, ausente de malicia, lo único que se me venía a la cabeza era una cita del gran Flaubert, que aprendí durante el Bachillerato en clase de literatura, y que se me quedó grabada a fuego: "La tierra tiene límites, pero la estupidez de la gente es ilimitada". El gran Gustave Flaubert, incomprendido en su época, cumpliría este próximo diciembre su bicentenario, pero fue un gran adelantado a su tiempo, y supo ver y describir como nadie, hasta entonces, la estupidez humana.
 
Lo que no pudo soportar aquella directiva es que, durante casi una hora de reloj que estuvo charlando con alguien que le llegó a "caer bien", que consideró más que apta para ocupar aquel cargo, y a quien dedicó más de un elogio, estuviera completamente segura de que esa mujer tenía 36 años y no 46, como le confirmó después, sin inmutarse ella misma. ¿Qué había cambiado en realidad, tras subsanar el "error" de la edad? La candidata seguía teniendo intacta sus supuestas cualidades: simpatía, don de gentes, elegancia, aptitud para el puesto, experiencia, desenvoltura... Entonces, ¿qué había ocurrido? Sobra decir que nunca más volví a saber de esta señora y la prestigiosa empresa en la que prestaba sus servicios. Cuando al día siguiente llamé a mi amiga para contarle cómo habían ido las entrevistas y relaté esto que hoy he compartido con vosotr@s, ella, haciendo gala de su locuacidad dijo:  "¡Pues qué poca inteligencia demuestra esta señora, porque, después de saber tu verdadera edad, y con todo lo que te piropeó, tendría que haberte contratado, y haber utilizado eso como argumento de ventas! ¡Con el tratamiento estrella de la firma X te quitas diez años, en menos que canta un gallo!  ¡Hay que ser tonto: ella y su empresa se lo pierden!" Después de reirme por su ocurrencia, le contesté:

Nena, ya lo dijo Flaubert hace casi dos siglos: "La Tierra tiene límites, pero la estupidez de la gente es ilimitada"

 

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