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"Hoy es uno de mayo y quiero volver a Manderley"

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Hoy es uno de mayo, y es el uno de mayo más atípico que, seguramente habremos vivido muchos hasta la fecha. Es un día que, ya desde niños, ha ido ligado en la memoria a un día festivo, pero no un festivo cualquiera. En el archivo de nuestra memoria aparecen fotogramas de multitudes en las calles, reivindicando las mejoras laborales en el trabajo, para quien lo tiene, y el trabajo en sí como un derecho para quien no lo tiene, que, en estos días que nos toca vivir, somos la gran mayoría.


Lo que hace, además, muy especial a esta festividad es que se celebra en casi todo el mundo, y ya nos hemos acostumbrado a ver que todos los primeros de mayo, los informativos abren con imágenes de las ciudades más importantes del mundo, llenas de gente en la calle, reivindicando derechos, pero, al mismo tiempo, con ambiente festivo. Este año no ha sido así: el COVID-19, lo ha cambiado todo. El Covid, coronavirus, el bicho, ó, en adelante CV para los amigos (aunque no creo que tenga ninguno) ha dejado un mundo de calles vacías de un día para otro, calles vacías que no celebran el día de trabajo, ni las fallas en Marzo, ni Semana Santa, ni nada. Poco ha faltado para que esa desolada imagen de la Puerta del Sol sin un alma, que ahora nos muestran las televisiones, haya coindicido con la Nochevieja y las campanadas. ¿Alguien puede situarse por un momento en las 23.55 del 31 de diciembre, plato de uvas ya peladas y sin huesos, el cava y las copas a punto, plano del majestuoso reloj, y el realizador que cambia a plano general de la Plaza, y ¡Horror! Está vacía, no hay ni Dios? Hasta hace poco, nos habríamos quedado en shock. Hoy ya no. Hoy es uno de mayo, sí, Día Internacional de los Trabajadores ó Fiesta Internacional del Trabajo, y no sólo no podemos salir a la calle a celebrarlo en todo el mundo, como todos los años, sino que, además, hay poco que celebrar. Pero,como digo, hoy ya no nos quedaríamos "a cuadros" tras ver la Puerta del Sol como su madre la trajo al mundo, porque es uno de mayo, vuelvo a decir, y han pasado casi 50 días desde que nos castigaron sin salir, como cuando éramos pequeños y hacíamos alguna trastada. ¡Todo lo que conocíamos como "normalidad" se ha derrumbado! Pero seguimos, y no nos rendimos. ¡No podemos permitírnoslo! En ese área, no hay concesiones que valgan. 

Este año, el Día del Trabajo, aunque sin gente en las calles,debería celebrarse como un homenaje a los trabajadores que han perdido su vida, ó se la han jugado, y se la juegan para salvar otras. Un homenaje a todos los trabajadores de "servicios esenciales", que continúan cada día sumando para que los demás podamos "seguir", aunque sea dentro. Al final, prevalece, como no puede ser de otro modo, la capacidad de adaptación del ser humano ante cualquier circunstancia, por adversa que ésta sea. Alguien dijo una vez, y no se equivocó que "No es el más fuerte ni el más inteligente el que sobrevivirá, sino el que mejor pueda manejar el cambio". Y así estamos, intentando no decaer, asumiendo todo lo que ha pasado, y haciendo acopio de energía para cuando empecemos a "volver". Dicen que ya no hay vuelta a la "normalidad" como la conocíamos, quizá salgamos "ganando" en algunas cosas que hasta ahora ni nos habíamos planteado. Vaya por delante que la economía tiene que resurgir de sus cenizas, pero, en este largo período de vivir de puertas para adentro, muchos han podido comprobar que no hace falta consumir tanto para "ser feliz", que esa "felicidad" ó como cada uno quiera llamarla, no la da estrenar modelito cada día del año para "deslumbrar" en la oficina, y comprarnos ese coche de gama alta el año que viene. Por cierto, esto nos ha hecho ralentizar nuestras mentes, vivir más en el presente, y disfrutar de cada cosa a la que antes no se le daba importancia. Los padres y los hijos están pasando mucho tiempo juntos, y, cuando transcurran unos meses, lo recordarán como algo grandioso en sus vidas. El año que viene, ya vendrá. Pero hoy tenemos este día, hoy es uno de mayo, y es atípico, sí, porque cada año suele convertirse en un puente para salir unos días a descansar a otras ciudades. El día que, por fin, viajemos, aunque sea a 50 kilómetros, nos parecerá, sin duda, el mejor de los viajes. ¡Disfrutaremos de esa salida, como nunca hubiéramos imaginado!  Es duro, pero el ser humano aprende a valorar lo que tiene cuando lo ha perdido, o, de momento, ya no lo tiene a su alcance.

En estos días de confinamiento, en los que la mayoría descubre nuevas actividades, disfruta leyendo, cocinando ó viendo series, son muchos los que se decantan por volver a ver películas clásicas. Además, al hilo de homenajes, estos días en que se cumplen 40 años del fallecimiento del gran Alfred Hitchcock, gran maestro del suspense, aprovechamos para volver a visionar algunos de sus inolvidables títulos, que hoy, primero de mayo, yo tomo prestados para, a modo de síntesís, reescribir la otra crónica de unos días que forman parte ya de la historia, la de cada uno, y la colectiva, y que no olvidaremos...

"Anoche soñé que había vuelto a Manderley".... Pero, al despertar, para mi decepción, comprobé que era sólo un sueño. Al levantarme, fui directamente hacia la ventana, que esa mañana me mostraba una calle, extrañamente desierta de coches y personas. Sin embargo, esa ventana, más indiscreta que nunca me mostraba, como nunca antes, todo lo que pasaba en otras casas frente a la mía. Pensé que estaba aún medio adormilada, y que me vendría bien un poco de aire fresco en el rostro. Cuando me disponía a abrirla de par en par,  dos pajarillos se posaron en el alféizar, y antes de que me diera tiempo a disfrutar la escena, ví a lo lejos una bandada de enormes pajarracos que sin duda se dirigían hacia la única ventana abierta que avistaron.  Mis reflejos no fallaron y reaccioné cerrando de golpe Aturdida por lo que acababa de ver, tomé el pasillo en dirección a la cocina. con la intención de ponerme un café bien cargado y despertarme de una vez. Al llegar no me detuve y seguí hacia el salón para poner la televisión. Al volver sobre mis pasos con la intención de coger la taza y meterla al microondas, unas rotundas a mi espalda me detuvieron: del televisor.  ¡"Psicosis" en todo el planeta! El mundo entero está en cuarentena por un virus! La "Sospecha" de "Un hombre que sabía demasiado no deja de planear, y dejar en el aire "La sombra de una duda". Abandono la idea del café, y me planto, desafiante, ante el aparato. En voz alta digo: No es verdad, hace poco lo soñé, y noto que, de repente, soy presa de un "Vértigo" infinito que me hace caer hacia el lado izquierdo. El sofá me ha salvado esta vez. Pero mi mente no es capaz de procesar lo que está sucediendo, y trato de serename, diciéndome: "Recuerda", que hace pocos días alguien que no recuerdo me dijo que algo oscuro estaba por llegar, y que, días atrás, había visto a dos "Extraños en un Tren",  como si estuvieran "Encadenados", y planeando algo siniestro. No sé quién era, pero, recuerdo que le contesté que era un peliculero, y se dejara de historias. Antes de irse, me dijo: eres la única a la que se lo voy a decir: "Yo confieso" que dentro de tres días cometeré un "Crimen perfecto", y después, cruzaré el Atlántico para reunirme con ella, mi querida "Marnie", la ladrona. Ella ya no tendrá que robar más, se lo prometí hace un mes. Lo último que me dijo antes de irse es que prefería bajar los "39 escalones" que le separaban de la calle, y no coger el ascensor para no cruzarse con nadie. Cuando, algo más tranquila, conseguí levantarme del sofá, sentí fresco sobre los hombros desnudos, y volví a mi habitación para ponerme una "Rebeca".  Fue en ese momento, cuando desperté. y comprendí que todo había sido una pesadilla. Muy surrealista, por cierto, pero ¿qué pesadilla no lo es?  Mientras me calzaba las zapatillas sin talón, me dije´:

"Hoy será el uno de mayo más extraño que he vivido".

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