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“Yo inventé las redes sociales” (según mi hermano)

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Nuestro día a día alberga gestos y rutinas que jamás hubiéramos imaginado hace sólo unos años: ponernos frente a un ordenador o, incluso, un teléfono móvil, y tener, casi, el mundo entero a nuestro alcance. Podemos establecer contacto al instante con cualquier ser humano en cualquier lugar del mundo, incluso, viéndole la cara. En otras palabras, lo que viene a ser aquello que hace tiempo nos prometían, y no acabábamos de creer: una completa interacción.  ¡Vamos, como un vis a vis, pero virtual!  Por cierto, esta curiosidad mía, no sé si malsana, que me abduce por momentos, me lleva al diccionario de la RAE, y, lejos de aclararme, me deja sumida en la más absoluta perplejidad.

Virtual: “ dícese de lo que es muy posible que se alcance o se realice, porque reúne las características precisas”.

Dícese también de lo que solamente existe de forma aparente y no es real”.

Si no es real del todo, entonces ¿Qué estamos haciendo? (I wonder). Ahora mismo no tengo la respuesta, pero sí os puedo decir que, en ocasiones, estamos dejando de vivir, de VIVIR en mayúsculas, de tener esa magia que da el contacto directo, o habría que decir en directo. No confundir nunca con el diferido (ese es un campo que tiene, casi patentado, Mari Cospe). Volvamos al asunto que nos ocupa, como diría un tertuliano de las mañanas, que empiezo a “dispersarme”, como todos ellos (y eso que hace tiempo que dejé de verlos)

Recuerdo (iba a decir con una sonrisa, pero no es justo), con una enorme carcajada interior, si es que eso es posible, que alguien muy cercano me dijo en cierta ocasión en una de nuestras interminables, y cada vez más espaciadas, charlas telefónicas, recordando anécdotas de hace casi un siglo, “claro, si ya lo decía yo, tú inventaste las redes sociales, titi, eres una precursora de toda esta movida”. Y yo, al principio, preguntándome qué le pasa a mi hermano pequeño/alma gemela, y, tan sólo un segundo después, tras la explosión de saludables carcajadas por ambas partes, soltarle un sincero: “Oye, pues sabes que vas a tener razón?" Y es que, por aquel entonces, el tiempo al que aludía mi querido hermano, yo trabajaba en una empresa de las del siglo pasado, que bien podría haber sido del siglo XIX, es decir, del siglo anterior al siglo pasado (creo a pies juntillas que algunos decimonónicos, sin duda, fueron más modernos). Aunque desaparecida hace ya muchos años, y vendida a una multinacional, como era costumbre, no daré más pistas. Yo trabajaba como administrativa en un ambiente que podría calificarse de castrense, y, además era mi primer empleo, porque en casa éramos cinco y hacía mucha falta una ayuda. No voy a describir las condiciones de trabajo, y sueldo (que valdría la pena, para ilustrar muchas de las cosas que estamos volviendo a vivir hoy día, tantos años después, cuando ya nada parecía que “aquello” pudiese volver). Hoy sólo diré que por “aquello” entiéndase una tiranía, salvando las distancias, pero comparable en muchos aspectos a la por aquel entonces famosa serie de televisión “Raíces”, basada en la obra de Alex Haley, y cuyo protagonista era alguien llamado Kunta Kinte. Aunque no entraré en detalles, serán muy pocos a los que no les suene este nombre, que se hizo “viral” en muy poco tiempo en todo el globo, aunque entonces nadie pronunciara este vocablo, y mucho menos, supiera qué significado encerraba.

Pero volvamos a aquella chica de 17 años, soñadora y con cara de póker, cuando aquellos jefes que parecían de otro mundo, porque ni se les entendía cuando hablaban (perdón: gritaban), y le ordenaban que se ausentase de su puesto y “cubriese” a la telefonista de la centralita de la empresa".

Sí, lo habéis adivinado, aquélla era una centralita como las que salen en la exitosa serie, protagonizada por Blanca Suárez, “Las chicas del cable”, y yo, horrorrrrr, no tenía ni idea de cómo se usaba. Te sentaban allí, y en un momento tenías que averiguar qué clavija coger y en qué agujero debía introducirse. Aquello era un caos, añadido al que yo creaba cada vez que me ponían al frente. Cambiaba los destinatarios de las comunicaciones, las llamadas que me encargaban al exterior casi siempre acababan en otro departamento, con lo que ya imagináis las broncas que me llovían, pero, después de algún tiempo, y, siempre como sustituta de la titular en momentos de necesidad, acabé por ver la parte cómica de todo aquello, y reirme hacía dentro, como hasta entonces nunca lo había hecho.

Llegó el verano, y aquello ya estaba casi bajo control. Lo malo, o lo bueno, según se mire, es que el tiempo de permanencia en aquella centralita del año de la polca ya no se limitó a las dos horas que se ausentaba la telefonista para ir al médico, o el día que se ausentaba por enfermedad. Tenía un mes por delante, el mismo en que aquella chica morena de Cuenca volvía a su pueblo por vacaciones, un mes entero!!! Sí, porque en aquel entonces, el mes de vacaciones se cogía enterito, y eran “lentejas”, sí ó sí.  Entretanto, en aquellos días de agosto, interminables, tediosos y, a la sazón, sin aire acondicionado (que no estoy muy segura si ya se había inventado), sólo cabía dejar volar un poco la imaginación para no claudicar. 

Antes de seguir, debo aclarar a las generaciones posteriores, que en aquel momento no había adsl, tarifa plana, ni nada que se le pareciera, y una conferencia costaba un “ojo de la cara”. Bueno, quizá sea oportuno que aclare el término “conferencia”. Aquí no me estoy refiriendo a la “disertación o exposición en público de un tema”. Aquí cuando mencione la palabra “conferencia” se refiere a la comunicación telefónica entre dos ciudades del mismo país, o llamar al extranjero (aunque ése, de momento, no va a ser el caso que nos ocupa).

Conforme avanzaba el mes, la actividad telefónica iba en descenso, y, además aquellos jefes estaban de vacaciones en su pueblo, sólo diré en el norte de España. En casa, a la hora de la cena, tanto mis padres como mis hermanos me preguntaban por mis progresos en el mundo del cable, y yo, lejos de agriarles la cena, siempre lograba darle la vuelta a las situaciones que vivía y hacerles reir. En una de esas cenas, comenté que en esos días toda la tensión inicial se había tornado en aburrimiento, pues apenas había comunicaciones, ni de entrada ni de salida, ya que gran parte del personal también estaba de vacaciones. Y fue mi madre la que me sugirió un buen día, con toda su ingenuidad, que podía “aprovechar algún tiempo muerto”, y llamar a su familia de Bilbao, Valencia, o Mallorca, para ver cómo estaban, ya que las llamadas de larga distancia, o “conferencias” no estaban al alcance de la gente humilde, que casi no llegaba a fin de mes (bueno, como ahora, aunque ahora, no me equivoco si afirmo que mucho peor).  Ahí se quedó la cosa, pero una mañana en que en aquella oficina, que más que oficina parecía el cuartel general de la Gestapo, estaba más solitaria y silenciosa de lo normal, me propuse llevar a la práctica la sugerencia de mi madre, pero al momento de empezar a marcar el 971, prefijo de las islas baleares, se me ocurrió todo, y, sin pensarlo ni un segundo, algo dentro de mí me dijo: “Adelante, esto va a ser el experimento del siglo”. Cuando escuché la voz de una de las primas de mi madre al otro lado, ya fallecida, la saludé y charlé animadamente con ella, pero, tras unos minutos, la interrumpí para decirle que aquello no era sólo una llamada: iba a darle una sorpresa.  Ahora que lo pienso, también fui, sin saberlo entonces, la precursora del programa “Sorpresa, sorpresa”, pero sin necesidad de cámaras de televisión, ni guionistas, ni platós gigantes, ni nada de eso. Inmediatamente marqué un número de Bilbao y procedí con mi interlocutora del mismo modo, diciéndole que todos estábamos bien, y que se mantuviera un momento a la espera. Por último, marqué un número de Valencia, y ya estábamos todos, o casi todos. En aquel momento, sentí el típico nudo en el estómago de estar haciendo una travesura, pero con la emoción de que podía convertirse en algo más, un momento mágico, único e irrepetible. Cuando mi dedo sacara cada clavija de su sitio, y el botón de abajo correspondiente a cada línea, quedara liberado, aquellas tres personas, cada una en un punto de la geografía española, y, en este caso, servidora, como “testigo de excepción” (que no “de cargo”), podrían hablar entre sí y asistir a un momento “histórico” en sus vidas.

Creo que ahí nació también mi vocación de “moderadora de debates”, que muchos años después, ejercí en la televisión. Al principio fue un caos, y nadie se entendía ni sabía lo que estaba pasando. Tuve que intervenir, explicarles que estábamos en comunicación todos, los cuatro, y que podían hablar unos con otros, intentando no pisarse. Creo que en aquel momento nunca entendieron cómo era posible aquella gesta, pero no les importó y apostaron por disfrutar de la oportunidad que se les brindaba.

Cuando llegué a casa y lo conté, todos nos reímos de buena gana, pero con una alegría sana de que un propósito se había cumplido y con una comunicación conjunta, algo impensable.

Años después, cuando mi hermano y yo recordábamos aquellos lejanos años en que él era un crío deseoso de que su hermana mayor llegara del trabajo y le contara sus batallitas, me soltó aquello de “Aunque no te diste cuenta entonces, tú inventaste las redes sociales, titi”. Obviamente, creo que no inventé nada, pero lo que sí puedo deciros es que vivíamos el día a día con mucha más intensidad que ahora, y todo parecía más de verdad, menos ficticio. Aquello de que la realidad supera a la ficción es cierto, pero lo que no es de recibo es que la ficción, lo virtual, lo digital, lo tecnológico nos supere a nosotros, o se erija, casi siempre, en la única realidad que vivimos.

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