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Volver al paraíso

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Nada es como solía ser, y todo sigue siendo como era. ¿Contradicción? ¿Paradoja? Hace un par de meses tuve la suerte de pasar unos días en un lugar al que considero un pequeño paraíso. No había vuelto allí desde que tenía 12 años, y, aunque, desde entonces, ha transcurrido lo que puede considerarse una vida entera, al llegar y mirar ese rincón, algo por dentro me dijo: “Aunque nada es como era, todo sigue igual”.  Aquellos acantilados en los que perderse, los pinos echándole un pulso al mar, la nubes, a lo lejos, abrazando el horizonte...  Pensándolo bien, no tan lejos: casi al alcance de la mano. Cuando uno tiene la certeza de que puede tocar el horizonte es porque el niño interior que lleva dentro, ha decidido presentarse sin avisar. Y no se puede hacer nada mejor que dejar que campe a sus anchas, seguirle cuando se entrega a la aventura como si no transcurrieran las horas, mientras nos recuerda todo lo que nos estamos perdiendo por no desinhibirnos un rato de vez en cuando, y acompañarle.

Antes de que me dé tiempo a cambiar la ropa del viaje por otra más cómoda y más adecuada para la ocasión, mi niña ya está entre los arbustos y las rocas, disparando su cámara, saboreando y disfrutando cada instantánea antes de inmortalizarla. Mi niña sabe que todo aquello es parte de su mundo interior más querido, pero hace tiempo que no lo ha visto, y casi había olvidado que para sentirse feliz no hace falta más que sentarse a contemplar lo que la vista alcance y dejar que esa paleta de colores, cuya belleza casi hiere, penetre, no en la retina, sino en su corazón. “Deja que el corazón se emborrache”, oigo que me susurra. Yo, que, he conseguido darle alcance, aunque sea sin el atuendo aventurero, por primera vez en mucho tiempo me dejo llevar. Y me dejo guiar. Algo ha estallado dentro de mí que no controlo, pero que, sin duda, sabe mucho mejor que yo, saborear todo lo que tengo a mi alrededor.

Durante un instante eterno en que he perdido de vista a mi niña, me invade la sensación de que nada es como era, pero cuando, de repente, la veo subida en una roca mirando eclipsada el azul del mar de media tarde, sé que todo ha vuelto a ser como era. Dentro de un momento, cuando ya no pueda reprimir más sus ganas, se fundirá con las olas, saltará, mirará hacia el horizonte una y mil veces, se girará, de vez en cuando, para contemplar la playa, casi desierta ya a esas horas, y pensará en voz alta que, mientras ella lo había perdido hace tiempo, el paraíso seguía allí sin moverse, esperando su llegada.

Aquellos días lejanos ya no parecen tan lejanos. Aquellos días de sol, paz, naturaleza, quietud, mar y canciones han vuelto. A la caída de la tarde, tras un rato de amenaconversación con el playero-hamaquero-socorrista (ya le sacan bien el “jugo”), gracioso a más no poder como buen gaditano, me entrego a las aguas,  disfrutando del baño como el más ansiado de los placeres.  Mientras el agua salada revitaliza mi cuerpo y mi espíritu, también me permito la licencia de contemplar este bendito Mediterráneo, y al hacerlo, me descubro canturreando. ¡Qué gozada! Muchos de vosotros lo sabéis, porque practicáis el sano deporte de cantar a solas, sobre todo, cuando váis en el coche,a veces a “grito pelao”, que se dice,  al compás de vuestras melodías favoritas.

¡Qué satisfacción cantar “Mediterráneo”, de Serrat, mientras sus aguas me envuelven. Cuando llego al apoteósico final:  “…  cerca del mar, porque yo nací en el Mediterráneo”, me sorprendo pronunciando en voz alta una de esas frases ocurrentes a las que soy tan dada últimamente:  “¿Qué andaría yo haciendo pa’ no nacer en el Mediterráneo?”

Después, y, como en una secuencia perfecta, Serrat me vuelve a prestar otra de sus canciones, y sus gaviotas, que quizás han acudido a la llamada de las que ya pisan la playa. Hasta el  vigorizante “Resistiré” ha hecho su aparición en las aguas transparentes de mi paraíso. “Resistiré, erguido frente a todo…” Así tiene que ser todo a partir de ahora, me dice mi criatura: transparente, cristalino, sencillo, simple y firme, a la vez. ¡A por ello, a por la VIDA, siempre!

Parafraseando una de las canciones que popularizó el recientemente desaparecido Peret, yo os recomiendo, entre otras cosas, que hurguéis en vuestro interior, busquéis a vuestro niño, y cuando aparezca le digáis: “Canta y sé feliz”.

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