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Dulce Chacón: "La VOZ de los que no pudieron alzarla"

En estos días en que asistimos a la caída de algún tirano que parecía invencible (cuatro décadas masacrando a su pueblo),  a la supuesta rendición de quienes, en nombre de un nacionalismo exaltado, han causado un enorme dolor en nuestro país (superando, con creces, también, los cuarenta años), niños que desaparecen, juicios por los que nunca aparecieron, desahucios injustos a personas cuyo único delito es haberse quedado sin trabajo,  y no quiero seguir, no faltará quien se pregunte:  ¿Hasta dónde puede llegar la crueldad humana? ¿Es necesario tanto sufrimiento ¿Se “beneficia”, realmente, alguien de todo esto?  Puede que la respuesta nos la haya dado Shakespeare, hace ya unos cuantos siglos: 

"Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamento”

 Esa debe ser, quizá,  la clave que late en las historias que Dulce Chacón novelara en “La voz dormida” hace unos años, y que, ahora, gracias a Benito Zambrano, podemos ver en imágenes. El enorme poder de lo visual hace que esos trozos de vida (todos testimonios reales), cobren especial fuerza estos días. Dignidad y coraje, debieron decirse interiormente, aquellas mujeres privadas de libertad y sometidas a torturas, humillaciones indecibles, abocadas, en muchísimos casos, inexorablemente, a la muerte. Dignidad y coraje para poder hacer frente a cada nuevo día por duro que fuese, para mostrar, a pesar de todo, la mejor de sus sonrisas, si ése, además, era el día de visita de los familiares.

 Duros testimonios que ella fue recopilando por toda España durante varios años, para poder dar, por fin,  VOZ, ésa que tuvo que estar, a la fuerza,  callada, DORMIDA, a mujeres que sufrieron la brutal represión franquista de la posguerra.  Y muchas resistieron gracias a los lazos emocionales tan fuertes que se establecieron entre ellas, al compartir situaciones límite.  “El peor dolor es no poder compartir el dolor”, reflexiona el narrador que utiliza Dulce para contar la historia de Hortensia, Pepita, Reme y Tomasa, y tantas otras sin nombre propio.

 Aunque en aquellos días ella ya “buceaba” en las vidas de estas mujeres, el rostro de Dulce reflejaba esa tarde de mayo, la alegría de una invitada de honor, que se mezcló entre aquellos aspirantes a escritores, aunque eludía todo protagonismo. He ahí los grandes. Premios literarios que convoca anualmente una Asociación de una ciudad del Sur madrileño. Sólo se dirigió al auditorio, cuando llegó su turno, para transmitir el entusiasmo y la constancia que requieren el arte de escribir. Aún puedo recordar sus palabras y su sonrisa, generosa siempre:

 “Creo que LOS SUEÑOS SE CONSIGUEN: lo único que hay que tener claro es el sueño y perseguirlo, por supuesto. Y, sobre todo, dejarse llevar... Y con esa pasión, que te arrastre hacia el sueño y al final lo consigues. Yo, desde luego es que lo he conseguido. Entonces lo puedo decir por experiencia, que los sueños se consiguen y el que quiere escribir, y tiene esa pasión,  y esa necesidad, que continúe,  porque, al final, lo logrará”.

 Volvió a repetirlo, dos horas después, a petición mía, en el programa de televisión que por entonces yo dirigía y presentaba, para que todos aquellos que nos veían desde casa, y llevan también dentro el “gusanillo” de la escritura, se empaparan de ello. Pero, sobre todo, para que se empaparan de su forma de decirlo, de su pasión contándonos, por ejemplo, la nostalgia de su tierra:

“Yo nací en Extremadura, y viví allí hasta los 12 años. A mí me arrancaron de Extremadura, yo no me fui, y ese dolor me acompañará siempre”.  

 El propio Benito Zambrano ha declarado estos días en una entrevista, ante el estreno de “La voz dormida”:   “Me sedujo la historia, pero, sobre todo, la forma en que Dulce cuenta la historia”. Y ella, tan llena de vida, aquella primavera de 2002 (bromeamos incluso con su edad, al contarnos que uno de esos días cumplía cuarenta y ocho), nos estremeció cuando sentenciaba: 

  “Al fin y al cabo se escribe, no sólo para vivir, porque es verdad que si no escribes, te mueres. Que luego se gana un concurso, un premio, ó se gana algo de dinero, perfecto. Pero hay que escribir para no morir.”

Gracias, querida Dulce. Tu nombre nos compensa de la amargura que vivieron millones de personas en España, tras una guerra que jamás debió ocurrir. Tu nombre, la alegría de tus ojos y tu sonrisa.  Y, cómo no,  tu voz, bien DESPIERTA, y alzándose para dejar un relato justo de los hechos.

En estos días, que se celebra el fin de la violencia de ETA,  recordamos a las víctimas, y el inmenso dolor de sus familias.  Gracias a personas como Dulce Chacón (y por ende, a Benito Zambrano), estas otras víctimas tienen ya un relato al que todos tienen derecho.  Lo dijo Oscar Wilde, hace algún tiempo:   “En ocasiones como ésta, es más que un deber moral el hablar con franqueza. Es un placer”.  Yo lo afirmo esta noche al escribir esto.  Ella también debió pensarlo al emprender la aventura que le llevó a regalarnos “La voz dormida”. 

SU VOZ NUNCA ESTARÁ DORMIDA.

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