Dulce Chacón: "La VOZ de los que no pudieron alzarla"
En estos días en que asistimos a la caída de algún tirano que parecía invencible (cuatro décadas masacrando a su pueblo), a la supuesta rendición de quienes, en nombre de un nacionalismo exaltado, han causado un enorme dolor en nuestro país (superando, con creces, también, los cuarenta años), niños que desaparecen, juicios por los que nunca aparecieron, desahucios injustos a personas cuyo único delito es haberse quedado sin trabajo, y no quiero seguir, no faltará quien se pregunte: ¿Hasta dónde puede llegar la crueldad humana? ¿Es necesario tanto sufrimiento ¿Se “beneficia”, realmente, alguien de todo esto? Puede que la respuesta nos la haya dado Shakespeare, hace ya unos cuantos siglos:
"Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamento”
Esa debe ser, quizá, la clave que late en las historias que Dulce Chacón novelara en “La voz dormida” hace unos años, y que, ahora, gracias a Benito Zambrano, podemos ver en imágenes. El enorme poder de lo visual hace que esos trozos de vida (todos testimonios reales), cobren especial fuerza estos días. Dignidad y coraje, debieron decirse interiormente, aquellas mujeres privadas de libertad y sometidas a torturas, humillaciones indecibles, abocadas, en muchísimos casos, inexorablemente, a la muerte. Dignidad y coraje para poder hacer frente a cada nuevo día por duro que fuese, para mostrar, a pesar de todo, la mejor de sus sonrisas, si ése, además, era el día de visita de los familiares.
Duros testimonios que ella fue recopilando por toda España durante varios años, para poder dar, por fin, VOZ, ésa que tuvo que estar, a la fuerza, callada, DORMIDA, a mujeres que sufrieron la brutal represión franquista de la posguerra. Y muchas resistieron gracias a los lazos emocionales tan fuertes que se establecieron entre ellas, al compartir situaciones límite. “El peor dolor es no poder compartir el dolor”, reflexiona el narrador que utiliza Dulce para contar la historia de Hortensia, Pepita, Reme y Tomasa, y tantas otras sin nombre propio.
Aunque en aquellos días ella ya “buceaba” en las vidas de estas mujeres, el rostro de Dulce reflejaba esa tarde de mayo, la alegría de una invitada de honor, que se mezcló entre aquellos aspirantes a escritores, aunque eludía todo protagonismo. He ahí los grandes. Premios literarios que convoca anualmente una Asociación de una ciudad del Sur madrileño. Sólo se dirigió al auditorio, cuando llegó su turno, para transmitir el entusiasmo y la constancia que requieren el arte de escribir. Aún puedo recordar sus palabras y su sonrisa, generosa siempre:
“Creo que LOS SUEÑOS SE CONSIGUEN: lo único que hay que tener claro es el sueño y perseguirlo, por supuesto. Y, sobre todo, dejarse llevar... Y con esa pasión, que te arrastre hacia el sueño y al final lo consigues. Yo, desde luego es que lo he conseguido. Entonces lo puedo decir por experiencia, que los sueños se consiguen y el que quiere escribir, y tiene esa pasión, y esa necesidad, que continúe, porque, al final, lo logrará”.
Volvió a repetirlo, dos horas después, a petición mía, en el programa de televisión que por entonces yo dirigía y presentaba, para que todos aquellos que nos veían desde casa, y llevan también dentro el “gusanillo” de la escritura, se empaparan de ello. Pero, sobre todo, para que se empaparan de su forma de decirlo, de su pasión contándonos, por ejemplo, la nostalgia de su tierra:
“Yo nací en Extremadura, y viví allí hasta los 12 años. A mí me arrancaron de Extremadura, yo no me fui, y ese dolor me acompañará siempre”.
El propio Benito Zambrano ha declarado estos días en una entrevista, ante el estreno de “La voz dormida”: “Me sedujo la historia, pero, sobre todo, la forma en que Dulce cuenta la historia”. Y ella, tan llena de vida, aquella primavera de 2002 (bromeamos incluso con su edad, al contarnos que uno de esos días cumplía cuarenta y ocho), nos estremeció cuando sentenciaba:
“Al fin y al cabo se escribe, no sólo para vivir, porque es verdad que si no escribes, te mueres. Que luego se gana un concurso, un premio, ó se gana algo de dinero, perfecto. Pero hay que escribir para no morir.”
Gracias, querida Dulce. Tu nombre nos compensa de la amargura que vivieron millones de personas en España, tras una guerra que jamás debió ocurrir. Tu nombre, la alegría de tus ojos y tu sonrisa. Y, cómo no, tu voz, bien DESPIERTA, y alzándose para dejar un relato justo de los hechos.
En estos días, que se celebra el fin de la violencia de ETA, recordamos a las víctimas, y el inmenso dolor de sus familias. Gracias a personas como Dulce Chacón (y por ende, a Benito Zambrano), estas otras víctimas tienen ya un relato al que todos tienen derecho. Lo dijo Oscar Wilde, hace algún tiempo: “En ocasiones como ésta, es más que un deber moral el hablar con franqueza. Es un placer”. Yo lo afirmo esta noche al escribir esto. Ella también debió pensarlo al emprender la aventura que le llevó a regalarnos “La voz dormida”.
SU VOZ NUNCA ESTARÁ DORMIDA.
Homenaje "Abogados de Atocha": el RECUERDO construye
El 24 de enero de 1977, un grupo de extrema derecha, pistolas en mano, irrumpió en el despacho de los abogados laboralistas del número 55 de la calle Atocha, en Madrid. Nueve personas fueron acribilladas a balazos. Fallecieron los abogados laboralistas F. Javier Sauquillo, Javier Benavides, Serafín Holgado, Enrique Valdevira y el trabajador Ángel Rodríguez. Resultaron heridos graves Alejandro Ruiz-Huerta, María Dolores González, Luis Ramos y Miguel Sarabia.
El entierro se convirtió en la primera manifestación multitudinaria que se recuerda en Madrid en aquellos días convulsos. Miles y miles de ciudadanos anónimos se echaron a las calles arrastrados por el sentimiento nacido del rechazo a la sinrazón, a la barbarie y a la injusticia. Con su pacífico "basta ya" y sus muestras de solidaridad y apoyo, estaban , sin saberlo, contribuyendo a levantar los cimientos de lo que sería la democracia.
El atentando pretendió detener el proceso democrático recién iniciado. En contra de todo pronóstico, el suceso provocó una manifestación de dolor común compartido: impotencia y rabia que se convertían en una concentración pacífica y de duelo. Aquel sentimiento popular inauguró, en parte, el viaje a la democracia, que se consolidaría el 15 de junio de 1977 en las urnas (Las primeras elecciones tras la dictadura)
El destino de España estaba en marcha. Esto no pretende ser una crónica de aquellos días: para eso, sólo hay que acudir a las hemerotecas. Lo único que puedo contar es la experiencia que viví al dedicar en televisión un programa especial en el 25 aniversario. Cuando saludé a Miguel Sarabia, uno de los supervivientes de aquel horror, antes de entrar al plató, pude intuir la fortaleza y humildad de un hombre que cumplía por esos días 25 años de su segunda vida. Entre varios invitados, su grandeza se puso de manifiesto enseguida, al notar todos los que allí nos encontrábamos, que, en absoluto, quería acaparar el protagonismo. Nunca olvidaré que, aunque mi condición de periodista no debía permitirlo, esa noche pudo más el ser humano, y la emoción afloró al ser testigo de todo lo que allí se contó. No creo que se pueda relatar en primera persona un hecho tan cruel con un realismo tan sobrecogedor, pero, al mismo tiempo, ausente de todo morbo o sensacionalismo.
Recordar cada año, éste y otros hechos que forman parte de la Historia reciente de nuestro país ayuda a comprender que todo lleva un proceso, y las cosas, como creen algunos (o quiénes simplemente lo desconocen), no aparecen de un día a otro. Quiero traer aquí algunas de las palabras que aquella memorable noche Miguel pronunció, recordando un proverbio árabe "Si se cerró la herida, queda la cicatriz, y esperemos que esta cicatriz tenga su sitio en la Historia, sobre todo, para que nunca se repita".
Me gustaría terminar con un párrafó del libro "La memoria incómoda. Los Abogados de Atocha 1977/2002", de Alejandro Ruiz-Huerta, otro de los supervivientes de aquella barbarie.
"Entre 1976 y 1977, en el tiempo que habría que llamar "el corazón de la transición"), hubo más de 100 personas muertas o heridas en atentados que pueden considerarse políticos. Y como dijo una vez Paul Eluard y recoge Gregorio Peces-Barba en el prólogo del libro sobre los hechos de Atocha "si el eco de su voz se debilita, pereceremos". Porque es preciso mantener encendida la luz de la memoria para construir desde ella, a pesar de ella, un futuro mejor.
"Como si empezáramos de nuevo" (Just like starting over)

¿Qué decir cuando está todo dicho? ¿Qué escribir cuando ríos de tinta han corrido desde hace treinta años? No hay un solo día en que, en miles de recónditos lugares del planeta no se escuchen, aunque sea como un susurro, los acordes de “Imagine”. Dicen que los mitos nacen el mismo día en que mueren. A él no le hubiera hecho falta, pero alguien decidió que no debía seguir aquí, que su tiempo debía finalizar. La sinrazón pudo más en aquella lejana y fría noche neoyorkina. El hombre cae abatido y el mito nace. No: no nos gusta, no nos gusta nada. Ni siquiera me molestaré en teclear el nombre del asesino. ¿Locura, afán de notoriedad? ¿Qué más da? En un instante, la vida se extingue. ¡Paradojas de la vida! Cuando él salía de su letargo de años, y volvía con más fuerza que nunca, el destino (ó lo que sea, quiso llevarle la contraria). Y lo que pudiera ser guión de una película de serie B, se hace realidad aplastante en segundos.
Aun así, tus cuarenta años y tres meses dieron para mucho: tu lucha incesante por llevar el mensaje de PAZ por el mundo, tu rebeldía, tu sensibilidad, tus carencias emocionales (de las que quizá brotó el arte), tus ojos miopes, tu fina ironía y tu música han dejado en nosotros una gran marca.
No puedo olvidar, ni lo pretendo, que mi vocación empezó a materializarse el día en que te mataron. Aunque jovencísima, escribí largas “crónicas” para quien no podía vivir todo aquello de cerca, y dependía de la información que nos iba llegando desde fuera. No dejé de participar en ninguno de los homenajes, maratones de radio, concursos de relatos, quedadas, convocatorias, etc. que se iban sucediendo.
¿Cómo olvidar aquel increíble maratón de cuarenta y ocho horas ininterrumpidas de radio, capitaneado por el Mariscal Romero? ¿Cómo olvidar esa primera intervención radiofónica (aunque fuera por teléfono), leyendo mi humilde homenaje, mientras me tragaba unas lágrimas de emoción contenida? De alguna forma, aquello ayudó a que muchos/as nos hiciéramos un poco adultos antes de tiempo, y perfilara de forma clara lo que era una incipiente vocación.
Sólo puedo decirte: gracias siempre. En tu última entrevista, días antes de morir (¡Si hubieras podido saberlo!), pronunciabas unas palabras que siempre llevo dentro, y que sirven siempre: “Vamos a proyectar el lado positivo de la vida en los 80, y pasarlo bien”. Pasaron los 80, los 90 y otros 10 más de propina, y aquí seguimos: empeñándonos en no acabar de vivir el presente.
Como tú dijiste con mucho acierto: “La vida es aquello que nos sucede mientras nos empeñamos en hacer otros planes”. ¡Qué fijación!
Cuando miro tu rostro y descubro en él esa escondida sonrisa, no puedo evitar la tentación de preguntarte:
¿Qué es la vida, John? ¿Lo supiste alguna vez a través del universo (“Across the universe”) tan intenso y compacto, en que te desenvolviste con esa admirable y desenfada soltura?
Oigo lejanas sus palabras, pero me llegan: se haría interminable contaros aquí todo lo que me dice: después de la noche de aquel día (“A hard day’s night”), él sigue más vivo que nunca, animándonos a no desfallecer nunca en la incansable y hermosa tarea de renovar todo cuanto encontremos a nuestro paso, y prometiéndonos que cualquier día comprará un billete de ida (“Ticket to ride”), para venir a vernos y darnos un abrazo.
“P.S.: I LOVE YOU
"El tiempo: ese gran enemigo"

En una de sus últimas canciones, John Lennon decía que la vida es aquello que te sucede mientras estás ocupado en hacer otros planes. Ni él mismo llegó a saber cuánta razón tenía al afirmarlo. Casi nunca somos conscientes del tiempo que “deperdiciamos” en planificar el futuro (algo, por otra parte, completamente absurdo), mientras se nos escapa de las manos el día a día. Si os digo que, hoy por hoy, es lo que más impotencia me causa ¿lo pondriáis en duda?
Hace tiempo que no quiero escuchar la voz interior que, de vez en cuando, y con insolente crueldad, me recuerda que el tiempo nos está devorando sin tregua. Nuestra mente no descansa, o, quizá debería decir, nosotros le negamos ese descanso, ocupándola en enumerar todo lo que debemos hacer cuando amanezca el nuevo día. Después, cuando ese día llega a su fin, la torturamos haciéndole ver que no se ha cumplido ni la cuarta parte de lo planificado.
¿Qué nos pasa? ¿Se ha esfumado la capacidad de disfrutar el presente? ¿Quién sabe que ocurrirá mañana? ¿Acaso sabemos si estaremos aquí aún? Son muchos los que defienden el vivir cada día como si fuera el último. Pero tampoco sabemos a ciencia cierta qué haríamos si ahora mismo nos aseguraran que no habrá un mañana. También oímos con mucha frecuencia que hay que disfrutar de las pequeñas cosas, que la felicidad es algo abstracto y un concepto relativo. Cierto, cada uno puede construirse su propia “felicidad” a base de momentos. Y cada instante es único, y eterno al mismo tiempo, si nos lo proponemos.
Lo irremediable, y paradójico, es que, por mucho que queramos, ese presente, se convierte en pasado en cuanto se ha vivido. Para eso sirve el recuerdo, entre otras cosas, para evocar esa imagen placentera, que se acaba de vivir, o que, por el contrario, ocurrió hace tiempo. Por muy nítido que ese pasaje llegue a nuestra memoria, nunca será como vivirlo de nuevo, y ahí es donde, sin buscarla, llega la nostalgia. Y, llegados a este punto, lo dijo Sabina hace años en una vieja canción.
“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”
Es el riesgo que se corre. No quiero cansaros en una noche que quizá esté llena de recuerdos, recientes o antiguos. O, tal vez, algunos estéis muy ocupados preparando el futuro, y, cuando llegue, es posible que ni os déis cuenta. En cualquier caso, recordad siempre lo que dejó escrito Flaubert:
“El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahi por qué se nos escapa el presente”-
JOSÉ SARAMAGO: "Vivir" fue la consigna del hombre que se hizo a sí mismo
Aunque sabíamos que habría de llegar este momento, cuando hoy hemos conocido la noticia de su muerte, muchos no queríamos creerlo: se agarró a la vida como pocos lo hacen a su edad sabiendo que la sombra de la enfermedad es demasiado alargada.
Me he emocionado, y mucho, al recordar aquella inolvidable tarde de octubre de 1.997 en la Residencia de Estudiantes de la Universidad Carlos III, de Madrid, en la que fue el protagonista de una sencilla y brillante ponencia sobre la vida, la literatura, las injusticias, el compromiso……… premisas todas ellas que consiguieron atrapar, como pocas veces he visto, la atención de un joven público que componía el auditorio.
Fue hilando un relato, como si de una de sus novelas se tratara. Partió de las circunstancias de sus humildes orígenes, que nunca le paralizaron: hijo de campesinos pobres, no dudó, a la par que trabajaba en un taller para colaborar en la economía familiar, tras dejar la escuela, en convertirse pronto en autodidacta acudiendo a la Biblioteca pública.
No sé si todos, pero estoy segura de no equivocarme al afirmar que la mayoría de los que allí nos encontrábamos siguiendo sus palabras, tanto alumnos, periodistas y personal docente, nos estremecimos cuando, con cierta tristeza, comentó la “espinita” que se le había quedado en su interior por no haber pisado nunca, como estudiante, la Universidad. Sin embargo, recordemos que ejerció gran parte de su vida el periodismo con brillantez, dedicación y compromiso.
Logró que nuestra atención no decayera ni un instante, cuando nos contó cómo, tras sus primeras publicaciones, estuvo la “friolera” de treinta años apartado de la literatura. Lo mejor llegó cuando respondió a algunos curiosos: “Me dediqué, simplemente a VIVIR, que es lo que de verdad importa”.
Destacaría, por encima de todo, el hombre que nos cautivó con una vitalidad que contagiaba al hablar, y que nos hacía cuestionarnos la paradoja que suponía asistir a la defensa a ultranza que hacía de la coherencia en la vida, con el rasgo, por antonomasia, más relevante y característico de su obra: la anarquía. Nos regaló, como si de un abuelo se tratara, un buen consejo aquella tarde de otoño, pero fue más allá: “Hay que tener coherencia con lo que uno siente, cree, no cree o piensa, pero también una gran responsabilidad al hacerlo”.
No se olvidó de mencionar la crueldad del ser humano, "algo (sentenció), que los animales no conocen”.
Cuando la charla finalizó (porque eso fue en realidad: en aquella situación, decir ponencia, sería pecar de pedantería), me dirigí a aquel hombre alto y delgado, y de aspecto bonachón, que me dedicó una enorme sonrisa cuando vio la grabadora que por entonces usábamos los periodistas radiofónicos. Además de mi entrevista (no muy larga ya, porque había contestado a lo largo de su relato, a casi todo lo que se le podía preguntar), saqué de mi bolso un ejemplar de “Cuadernos de Lanzarote” para que me lo dedicara, mientras, en un gesto de complicidad le contaba que yo también viví en aquella isla mágica casi tres años. Sus ojos chispeantes de ese preciso instante me permitieron comprender toda la sabiduría que había conseguido encerrar en aquellos setenta y cinco años que, por aquellos días, estaba a punto de cumplir. Antes de despedirme, nos fundimos en un abrazo sincero. Hoy, casi trece después, recuerdo algunas de sus citas más recordadas:
(...) “Como cualquier otro lector, o escritor, me busco a mí mismo. Busco encontrarme en páginas, en ideas, en reflexiones, reconocer que somos algo más que esto que se presenta como "realidad", ése sigue siendo el mayor deslumbramiento.”
Amigo querido, nuestro mayor deslumbramiento, además del inmenso legado que supone tu obra, ya inmortal, reside en el recuerdo de esa pasión con la que nos hablaste aquella tarde, con la que viviste siempre, Porque, por encima de la literatura, tu consigna fue VIVIR. Intentaremos seguir tu ejemplo.
CAMPO ABIERTO
Si me pusiera a escribir todo lo que tengo dentro de mí con verdaderas ganas de exteriorizarse, estoy segura de que llenaría páginas enteras, aunque, quizás, por el mismo hecho de tener tanto que decir, luego no se me ocurriera nada. Parece contradictorio, pero así es como soy yo en realidad: toda entera una pura contradicción, y en el fondo no me disgusta, pero en ocasiones es desesperante “dar tantas vueltas” a las cosas, viendo simultáneamente el polo opuesto de cada uno, sin, al final, poder sacar algo en claro muchas veces, a no ser un río desbordado con un caudal repleto de dudas y más dudas. Pasado un momento, también me digo que, después de todo estamos en el mundo para dudar de todo y en todo momento: eso es, sencillamente, estar VIVOS. Incluso me atrevería a ir más allá: si no fuera así, no alcanzaría a comprender el verdadero motivo de la existencia.
Dudar es empezar a descubrir algo, aunque en este momento no quiero introducirme a fondo en este terreno, ya que no era mi intención el hacer hincapié sobre un tema determinado, sino ponerme a escribir, y dejar que la mano me lleve y se deslice sobre el papel como un esquiador lo hace sobre la nieve, para dejar constancia de todo lo que se me venga a la mente: ALGO, no vamos a discutir ahora su importancia: digamos no viene a cuento, ya que lo que importa realmente es que la idea no ande desorientada por la cabeza, y sin cobijo, sino –como decía Bécquer- vestirla de la palabra, para poder presentarla decente ante el mundo. ¡Cuántos pensamientos vagos que pasan como un lince veloz por nuestro cerebro, los desaprovechamos, olvidándolos al instante, por no detenernos un momento y dejarlos plasmados en un simple y vulgar papel.
Todos, absolutamente todos nosotros (estoy verdaderamente convencida de ello), llevamos, pequeña o mayor, según casos, una vocación de escritores, no en el sentido de ver grandes titulares con nuestros nombres y obras, sino simplemente, como ya he dicho antes, abrigar las ideas por medio de unos signos convencionales. Algunos lo hacemos (no todas las veces que deberíamos), y, otros, por el contrario (no sé si llamarles la gran minoría o la pequeña mayoría) lo apartan a un lado y lo rehúyen como si fuera un acto vergonzoso para con ellos mismos. Sea como sea, y no soy nadie en este aspecto, hagamos un esfuerzo, y en el momento en el que “captemos” ese pensamiento, idea especial, o lo que sea, apresurémonos a dejarla escrita, donde sea. La cuestión es que no se pierda su esencia. Todo esto, dicho así, puede parecer una tontería, pero no lo es, ya que puede ayudar mucho en el conocimiento de uno mismo, y es una fuente grande de consuelo en muchos momentos.
¡Si supieseis todo lo que tengo que arrojar al exterior por medio de la escritura!¿Qué podría deciros? De mi vida y mi percepción de las cosas: sobre todo, y, a pesar de todo, que no pierdo la capacidad de sorprenderme a mí misma y, eso, ya es algo.
Del entorno, que me gusta observar, analizar y criticar, puesto que, como yo siempre he dicho: “El filósofo observa, analiza y critica la realidad, pero ¿qué le aporta?”. Eso me pregunto yo por doble partida: los cimientos están establecidos, no hay quien cambie la sociedad, todo son palabras, promesas, discursos llenos de demagogia, líderes subidos en una tarima…….., pero la realidad está ahí, y, por lo que vemos hasta el momento, me atrevería a decir, es inamovible. No me gustaría que nadie deduzca por estas palabras que estoy siendo extremista o radical. Al contrario, trato de “mirar” desde diferentes ópticas y llegar, no a un eclecticismo, pero sí a una especie de “reconciliación” con los distintos puntos de vista.
En cualquier caso, dejo la pregunta en el aire, porque yo me la formulo cada día: “¿Qué nos hace falta para, de una vez por todas, REACCIONAR, y abandonar este letargo, que dura ya demasiado?"
EL FILO DE LA NAVAJA
........"Tuve mucho tiempo para pensar, y, sin cesar, me preguntaba a mí mismo cuál era la finalidad de la vida. Después de todo, si estaba vivo, únicamente a la suerte lo debía; y yo quería hacer algo con mi vida, aunque no sabía qué. Nunca había pensado mucho acerca de Dios, pero entonces comencé a hacerlo. No podía comprender por qué existía la maldad en el mundo. Comprendí que era un ignorante, y como no tenía a nadie a quien acudir y quería aprender, empecé a leer al azar."
Viene a mi mente esta noche sin ser llamado, este párrafo de la novela de W. Somerset Maugham, "El filo de la navaja", que, con el mismo título, fue, después, adaptada al cine con la memorable interpretación de Tyrone Power, en el papel de Larry Darrell: un joven aviador que vuelve a casa desencantado, tras haber vivido los horrores de la I Guerra Mundial. Las dificultades para adaptarse a la sociedad y a la frivolidad de la vida que le espera , le hacen emprender un largo viaje en busca de la verdad y la paz espiritual. Larry espera encontrar un sentido a su existencia, que no vislumbra en la cómoda vida que se le ofrece con un empleo estable y una hermosa mujer a su lado.
¿A cuántos "Larrys" (hombres ó mujeres) conocemos hoy en día? Alguno queda, aunque la historia más bien se lee al revés: la mayoría de personas en el mundo que conocemos, en eso que se dio en llamar hace ya algún tiempo "la civilización occidental"; busca una estabilidad económica, una vida cómoda, y, sobre todo, segura, sin "sobresaltos", aunque lo que muchos entienden por ellos, sean, simplemente una parte más de la misma. Pero, no, estamos acostumbrados desde pequeñitos a oir aquello de "lo mejor es un trabajo fijo: para toda la vida". Hubo un tiempo en que "todo el mundo" decía que quería ser funcionario, porque era tener "asegurada" la vida. Sí, yo aún lo recuerdo, aunque entonces, cuando se lo oía decir a los vecinos, a la familia, no entendía bien las supuestas ventajas. Pensaba que debía ser de mortal aburrimiento estar toda la vida yendo al mismo sitio gris, de ocho a tres, a "hacer" como que trabajas, mientras la fila en la ventanilla se va alargando hacia la calle, y algunos de los que se desesperan para hacer algún trámite, acaban pensando: "Mejor vuelvo mañana". Hacían bien, porque, como ya anunciara Larra un siglo antes, es lo que les iban a decir, y no como sugerencia. Eso, como casi todo habrá que vivirlo, para saber qué se siente. Cuando te has pasado media mañana en una cola, y de repente, parece que llega tu turno, alguien con cara de pocos amigos se asoma a la ventanilla, estás a punto de balbucear algo, y, sin darte tiempo a decir ni "mu", te espeta: "Vuelva usted mañana", no se te debe quedar muy bien el cuerpo, y, mucho menos, la cabeza, que como dicen algunos, se te "calienta" como si te acabaran de prender fuego.
Hubo un tiempo en que, al menos fue mi percepción, parecía que aquello no era lo que la mayoría deseaba como futuro laboral: la gente quería hacer cosas, estudiar, crear, emprender, construir, soñar, volar, y, sobre todo, vivir, pero también llegó un día en que "aquello" languideció y la gente volvió a ser la misma de antes, con caras tristes, pocas ganas de hablar, casi ni de saludarse al entrar en el ascensor. Los jóvenes no tenían casi ideales, y si los tenían, estaban fatigados para mostrárselos al mundo, porque habían nacido ya en un tiempo distinto, en que casi todo desde la cuna les había sido dado, y cualquier mínimo gesto, les costaba un gran esfuerzo.
La gente ya no hablaba tanto y cuando lo hacía no sabía hacerlo con normalidad. Ya lo anunció hace algún tiempo el genial Jardiel Poncela, que los hombres que no tienen nada importante que decir, hablan a gritos. Será para asegurarse que se les escucha en un tiempo en el que nadie lo hace. Pero ¿sabéis lo más terrible de eso? Ni siquiera estamos dispuestos a escucharnos a nosotros mismos, a oir esa voz interior que todo individuo lleva dentro. ¿Tanto miedo nos da lo que podamos descubrir allí? ¿Cuántos son los valientes que, al menos, alguna vez lo intentan, como nuestro Larry? Él fue sin temor al encuentro de sí mismo, del conocimiento de su yo más profundo, y, eso, claro que implica silencio. Aunque Larry sea un personaje de ficción, sé que en algunos rincones de nuestro mundo quedan algunos, y, aunque muchos de ellos no lleguen a descubrir del todo quiénes son, y qué hacen aquí, yo les admiro porque, lo que sí está fuera de toda duda, es que albergan mucha valentía. Con ellos no va lo que les/nos ocurre a la mayoría, una verdad tan contundente, que pronunció el gran Tagore (se me antoja casi como vaticinio de nuestro tiempo):
"El hombre se adentra en la multitud por ahogar el clamor de su propio silencio".
"AQUÍ y AHORA"
La sentimos todos a diario, aunque no seamos conscientes de ello. Está en todas partes desde que esta vida de prisas decidió devorarnos: me refiero a la IMPACIENCIA, Sí, hay que nombrarla en mayúsculas, porque en muchísimos casos llega a ser un gran problema. ¿Por qué la padecemos? No podemos aceptar que la vida tiene su propio ritmo, y esperar que éste cambie ocasiona también un alto grado de impotencia.
No saber esperar dice mucho de nosotros mismos: siempre creemos que el bienestar, la satisfacción, la felicidad está en lo externo, en lo que está por venir, en lo que se anhela con vehemencia, pero no acaba de llegar. A veces es un síntoma inequívoco de que no estamos bien en nuestra piel, que nuestra armonía interior está fallando por algún lado, pero no queremos verlo: lo peor es que ni lo sospechamos. Lo dijo Kafka hace algún tiempo:
"Existen dos pecados capitales en el hombre, de los cuales se originan todos los demás: impaciencia e indolencia". Esto, dicho así, fuera de contexto, quizá parezca demasiado rotundo. Cuando somos conscientes, en algún momento de "lucidez", de que no podemos cambiar lo que nos está sucediendo, sí deberíamos pensar, al menos, en modificar nuestra actitud, Preocuparse y enfadarse para no lograr nada es, simplemente, una estupidez, aunque todos lo hacemos a diario infinidad de veces.
La paciencia, por el contrario crea confianza, decisión, y, por tanto, una visión más objetiva de las cosas. Debemos ser más realistas, y convencernos, para ayudar a desterrar a esa gran enemiga que es la impaciencia, que, seguramente, la felicidad, o algo que se le aproxime, se encuentra en este preciso instante y en este preciso lugar. Lo demás, aunque nunca nos detengamos a pensarlo, son conjeturas. El presente es lo único cierto que tenemos: es donde estamos, en ese espacio y en ese tiempo es donde no deberíamos demorar más nuestro pequeño cambio interior. Siempre intentamos que cambie lo de afuera, lo externo. Eso no depende de nosotros, lo primero sí. Decidámonos por nuestro propio bien, primero individual, y si lo conseguimos, también colectivo, vivir, de una vez por todas el aquí, y el ahora. ¿Qué tal si empezamos con el nuevo año?
SIGAMOS APRENDIENDO DE ELLOS
Hoy se celebra el Dia Nacional del Daño Cerebral adquirido. A mí me gustaría pensar que ojalá todas estas iniciativas tan loables sirvan para que la reflexión que provocan en la opinión pública, no se quedara sólo en eso. Es éste un área que nos mueve mucho la sensibilidad personal y colectiva. Algunos porque lo viven de cerca y, otros, porque piensan, sin ponernos negativos, pero así es, que nadie está exento de que algún factor externo, o, mejor dicho, ajeno a nuestra voluntad: accidente de tráfico, cerebro-vascular, etc. nos lleve a ello.
He visto un pequeño reportaje en televisión a mediodía: gente que no puede recordar casi nada, que necesitan a alguien constantemente a su lado de guía y sostén. Aunque no es lo mismo, son muchísimas (por desgracia, cada vez más), las personas que son abandonadas por su memoria día a día, y que, poco a poco, dejan de ser ellas mismas. No sólo me estoy refiriendo al temido Alzheimer, sino a demencias seniles que empiezan sin apenas notarse, y en un corto espacio de tiempo, avanzan con velocidad. Es grande el sufrimiento cuando esto ocurre, tanto para el enfermo, que es totalmente consciente de ello, como para su entorno, que asiste atónito e impotente a una nueva situación que no sabe cómo controlar.
A lo largo de mi vida profesional, como periodista especializada en salud, he "vivido" muchos testimonios que ilustran lo que cuento. Desde aquí, en primer término, quiero reclamar más ayudas para las familias que tienen personas a las que cuidar 24 horas al día, pero que lleguen ya. No nos vale que la famosa "Ley de dependencia" aún no se aplica en algunas comunidades autónomas porque "se tiran" los trastos con el Gobierno Central para ver de quién es la famosa "competencia". Mientras ellos siguen así, "la casa sin barrer", y NO ES DE RECIBO.
Por otra parte, sirva este humilde escrito para ENSALZAR la labor que llevan a cabo los CUIDADORES con estas personas, que necesitan esa constante atención. Nunca se alabará lo suficiente como para que todos seamos conscientes de que, como suele decirse popularmente, "si hay algo que no está pagado con oro", ésta es una de esas labores.
Y también, como conocedora que soy del movimiento asociacionista que existe, tengo que animar a los enfermos, afectados, familiares y amigos de ésta y otras patologías, que se hace un excelente trabajo desde los distintos colectivos que se unen por un fin común: mejorar la calidad de vida de todos ellos, y, para que, sobre todo, en un primer momento, se vean arropados, y sepan que no están solos. Desde estos ámbitos es grande la batalla que se libra para salir adelante, infundir esperanza y "llamar a muchas puertas", que a veces no contestan, pero otras sí. Gracias a ellos, van mejorando algunos aspectos en la salud. Ellos son los que hacen la verdadera "política": son los que necesitan, y los que "se parten el alma" si es necesario, para pedirlo. Otros, se hacen luego la foto y salen en los telediarios.
Y ya en lo que concierne a cada uno de nosotros, hoy, por ejemplo, a mí me ha conmovido lo que mi amigo José Mª Moncasi de Alvear escribe en su página y postea en facebook : ..... a veces no nos damos cuenta que el enfermo es dulce, cariñoso, emotivo. Su compañía me hace sentir mejor persona". Gracias a José María y otros muchos por ayudar a darnos cuenta que aún podemos aprender mucho de ellos y que no olvidemos nunca que el cariño y la ternura "puede" a veces lo que las pastillas no.
Sirva también esto como homenaje en general a nuestros mayores. Debemos pensar que sin los que nos han precedido, no seríamos cómo somos ahora.
REFLEXIONES PARA LA ESPERANZA
Hay veces que llevas esperando oir algo mucho tiempo, necesitas que alguien cercano te lo diga, pero nadie de tu entorno se digna a hacerlo. De repente, como por arte de magia, conoces un día a alguien con quien supones no vas a volver a tropezarte en tu vida, y sólo le ha bastado cruzar unas palabras contigo una sola vez, para que le llegue todo lo que el resto no percibe nunca.
Hay veces que nos sentimos "perdidos", sin rumbo, aunque sea quizá el momento de la vida en que la madurez debiera asomar por algún lago. La consigna es saber quíénes somos: si no te conoces a ti mismo, no puedes saber cómo vivir, y, sobre todo, cómo intentar llegar a aquello que llaman "felicidad". Si no consigues ser feliz (o dejémoslo en "medianamente satisfecho"), no vas a poder hacer felices a quienes te rodean. Más que nada, porque, si no te conoces, no sabes dónde debes alimentar tu propia energía, tu propia motivación, tu propia ilusión. De este modo, sólo esperas que sean los demás quienes te den energía, te motiven y te hagan feliz. Pero nadie puede darte lo que tú necesitas: sólo tú mismo.
Cuando nos vamos conociendo a nosotros mismos, empezamos a ver las cosas en una dimensión proporcionada y somos capaces de ver lo que de verdad hay en nuestro interior. Será el primer paso para aceptarnos y amarnos como somos, y no desear ser otros. En otro orden de cosas, ojalá todos los desastres que forman ya, por desgracia parte de la Historia, algunos muy recientes, se queden pronto en eso: en historias que jamás vuelvan a repetirse. ¡Que de una vez por todas, en el hombre penetre un poco, o mejor, un mucho, la cordura. Aunque ya no sabemos quién está cuerdo y quién loco hoy día. Pero que no sigan “pagando el pato” los inocentes, por favor. Mi mayor deseo, junto con el de la mayor parte de la gente de bien, es que no haya que reclamar desde ninguna parte del mundo que se respeten los derechos humanos y que los niños vivan como tal. Deseo de corazón desde aquí mucho consuelo para quienes han sufrido pérdidas irreparables y que la vida pueda compensarles de otra manera. SALUD PARA TODOS, Y QUE TODOS LOS QUE TIENEN SU VIDA PENDIENDO DE UN HILO POR LA DICHOSA SALUD SALGAN ADELANTE Y SU VIDA EMPIECE DE NUEVO CON MAS SENTIDO QUE NUNCA. DESEOS: LOS MEJORES PARA TODOS. QUE CONSIGAMOS LLEVARNOS ALGO MEJOR Y CREAR UN CLIMA DE MAS EQUILIBRIO Y ARMONIA EN NUESTROS HOGARES, QUE DEJEMOS DE SER TAN PEREZOSOS (lo digo por mí sobre todo). Y QUE EL TIEMPO DEJE DE DEVORARNOS DE ESTA MANERA, AUNQUE SÉ QUE ESO SÍ QUE ES IMPOSIBLE. "Recuerda que el encanto va a conseguir, quizá, lo que la insistencia nunca pueda alcanzar" y que, aunque alguien dijo alguna vez que "VIVIR ES LO MÁS RARO DE ESTE MUNDO, YA QUE LA MAYOR PARTE DE LOS HOMBRES NO HACEMOS OTRA COSA QUE EXISTIR", a partir de este momento os propongo una aventura: VIVIR, o al menos intentarlo.




