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"La cara y la cruz de la Sanidad"

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Es mediodía de un sábado otoñal, 22 de octubre para más señas. Aunque la víspera llovió, la mañana se ha ido abriendo, despejando el cielo y dejando una temperatura agradable. Vuelvo de dar un  paseo por la Avenida de Simón Hernández, una de las vías principales de Móstoles. Ya sé que Móstoles no necesita presentación, pero, por si acaso, os diré que es una ciudad del suroeste madrileño, la segunda en número de habitantes tras la capital de España (alrededor de 210.000 personas censadas). Hay actividad a esa hora en la calle un sábado: matrimonios que vienen de la compra antes de la hora de comer, padres paseando a sus bebés, adolescentes que hablan por el móvil, ajenos a todo... Ajena a todo también iba yo, que simplemente paseaba un rato, cuando antes de llegar a la esquina con la Avda. de Felipe II, me percato de que hay varios grupos de gente parada, comentando entre ellos y mirando a un punto concreto. Al dar unos cuantos pasos más, veo la tremenda escena:  una señora yace en la calle, en decúbito supino ó lo que viene a ser,coloquialmente, boca arriba, y completamente inmóvil

La gente la mira, desde una distancia prudencial, mientras, desde los corrillos se oye de todo: "Dicen que se ha desplomado, y ha caído así, boca arriba", "Madre mía, pobre mujer, a lo mejor se ha abierto la cabeza", "Eso es que le ha dado un infarto y ha caído fulminada". Ya sabemos que en estos casos, nadie se calla, pero, aquí lo importante es preguntar. ¿Alguien ha llamado al 112, ó a quien sea? Es una señora de unos 65 años quien me responde que hace ya rato que su marido llamó a la policía local de Móstoles y a los servicios de emergencia. "Pero están tardando mucho, esto no es normal", añade con preocupación. Yo también empiezo a preocuparme: es angustioso ver a alguien tendido en la calle, que no sabes si está vivo, muerto ó en vías de estarlo pronto si no le llega la atención sanitaria a tiempo.

Casualmente, a unos 18 kilómetros de aquí, es decir en pleno centro de Madrid, todo está dispuesto para que dé comienzo una manifestación que bajo el lema "Por una sanidad pública y de calidad", reúne, sin fisuras, a todos los estamentos de un sector que ya "no puede más". Exigen a la Comunidad de Madrid más recursos para el sistema público de Salud, la mejora de las condiciones laborales de los profesionales y el aumento de la financiación.  Además de las listas de espera para operarse, la falta de de recursos, sobre todo humanos, los visos de privatización, el asunto iba "calentándose" más desde el anuncio reciente de que el gobierno de la Comunidad de Madrid, pretende reabrir los Servicios de Urgencias de Atención Primarias (SUAP, cerrados en la pandemia), sin reclutar más personal, algo que ha causado, con toda la lógica del mundo, un enorme malestar al traducirse esta circunstancia en más precariedad, amén de un exceso de trabajo en las plantillas.
 
Se pueden leer duros testimonios de muchos sanitarios en algunos medios de comunicación escritos que han informado sobre la protesta: "Hemos pasado de ser héroes a que nos den la patada". "Recortes, desmantelamiento y privatizaciones de una sanidad pública que agoniza, por la mala gestión de los políticos que gobiernan la Comunidad de Madrid". "El plan de actuación que tiene el gobierno regional solo va en deterioro de la salud de l@s madrileñ@s, y exigimos que los profesionales sanitarios tengan unas condiciones dignas, para que no tengan que irse a otras comunidades que les mejoran sus condiciones laborales"...

¡Con qué rapidez olvidamos todo, hasta lo más importante! Hemos pasado una pandemia, ellos han estado ahí, en primera línea, dándolo todo, en algunos casos, hasta su vida. Todos hemos estado en sus manos, ahora es el momento de apoyarles, de estar con ellos, de cuidarles, porque, no nos olvidemos, al menos de esto: Cuidar de ellos es cuidar de nosotros, los pacientes, los que ya lo son en estos momentos, y los que lo serán algún día. ¡Mucho salir al balcón a aplaudirles todas las tardes, y, luego, "si te he visto, no me acuerdo"! 
Volvamos a la señora que yacía en una calle de Móstoles, donde, aunque pasaban los minutos, y  no llegaban ni la policía local ni los servicios sanitarios de emergencia, sí lo hacían cada vez más curiosos. Aunque no estaban en la manifestación de la capital, y ni siquiera muchos sabían de su convocatoria, repetían en voz alta cosas muy parecidas: "Parece mentira, si va a hacer media hora que se llamó y aquí no aparece nadie"... "Ay, Dios mío, si parece que la mujer está muerta"... "Ya lo ven ustedes, que a uno le da un jamacuco en plena calle, y ahí se queda tirada, sin nadie que le atienda y se va para el otro barrio en un santiamén"...  De repente, en la lejanía, se empiezan a oir las sirenas, no una sino varias. Cuando se acercan, aquello parece casi una verbena. Según los numerosos testigos, pasa ya de largo la media hora desde que se avisó, y tras descender de un coche la policía local, llega una ambulancia del SUMMA, y otras dos, que, por lo que consigo averiguar, proceden de otros municipios cercanos a Móstoles.  
Algunos de los curiosos comiezan a distanciarse, y otros, directamente, se van. Decido quedarme un rato más, sobre todo por interesarme por el estado de salud de la señora que sigue en el suelo sin mover un músculo. Tras las primeras maniobras de reanimación, consiguen ponerla en la camilla que la sube a la UVI medicalizada. Cuando aquello se empieza  a despejar, abordo con todo el respeto a un sanitario cuyo rostro delata una envidiable juventud. Le pregunto si la señora se va a salvar, me contesta que no lo sabe. Aunque le advierto que no va dirigida a él, lanzo al aire una pregunta en voz alta: ¿Cómo es posible que en una ciudad como ésta, con más de doscientos mil habitantes, tarde casi 40 minutos en llegar la asistencia urgente a alguien que se ha desplomado en la calle? 

El chico sabe que la pregunta no va para él pero la responde, y me dice con los ojos clavados en el suelo: "Si usted supiera, a veces tenemos que hacer malabares para poder atender a todo lo que se nos llama. Falta gente, faltan muchas cosas..." Le miro con empatía  y le transmito toda mi solidaridad hacia él y sus compañeros. Me despido, miro la escena por última vez y doy la vuelta para iniciar el camino hacia mi casa. Voy triste, voy pensando en la señora, ¿Qué será de ella? ¿Tendrá familia? Si es así, ¿Les llamarán pronto? Mientras cruzo un paso de cebra, me digo a mí misma: "Después de ser testigo de algo así, ahora sí que creo que la SALUD (en mayúsculas) es lo que de verdad importa. Pero, claro, si falta, es igual de importante tener quien te atienda, que te puedan atender con rapidez si es algo urgente, porque de ello depende que sigas con tu vida, o, en un instante la pierdas". ¿Vamos a seguir de brazos cruzados? Ya sé que algunos prefieren irse de cañas, y están en todo su derecho, pero algún día, al volver de esa terracita donde te las has tomado, te puedes caer en la calle por diversos motivos, y si no recibes una atención de emergencia, tal vez, sólo tal vez, no puedas volver a quedar con tus amigos para tomarte otra.

"Defendamos la Sanidad pública, defendamos a los profesionales de la salud... 
¡Si ellos están en riesgo... los pacientes también!

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Cumbre de la OTAN o de la NATO, tanto monta... monta tanto

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Esto de la cumbre de la OTAN me agota. Perdón, hablemos con propiedad: su nombre real es NATO. Casi me mato al resbalar con este nuevo zapato cuando intentaba esquivar a mi gato. ¡Qué inoportunos a veces los gatos, que se te cruzan cuando menos te lo esperas! Es como los madrileños, que, en cuanto se descuidan un poco, les ponen la ciudad "patas arriba".


Me disponía a coger el mando de la tele para acallar de una vez tanta NATO y tanta OTAN, que, como diría alguno, la cosa "tiene pelotas", cuando, de repente, veo en pantalla el siguiente rótulo: "Joe Biden, presidente de EE.UU dice que Rusia no amenaza, sino que está ’otanizando’a Europa". En ese momento ya no sé si estoy al borde del colapso o de un ataque de risa. En décimas de segundo mi cerebro decide que, sin duda, elige la segunda opción. Aunque la risa no se materialice en carcajadas, ya os lo he confesado en alguna ocasión: poseo algo innato, que, obviamente, no es la NATO, sino una capacidad muy especial para reirme hacia dentro...

Con Biden aprendo mi primera lección de este día: cualquier palabra es susceptible de cocinar su propio verbo. "Otanizar", sí señor. Seguramente que no tardando mucho. la RAE le dará las gracias al presidente americano, y por qué no, cualquier día de estos pase a formar parte del Diccionario de la lengua española de tan ilustre institución. Mientras pienso en esto, he "caído" de repente (no hacia abajo), en que yo he visto la traducción en español en la pantalla del televisor, pero él ha dicho la frase en inglés, así que me digo:  el verbo, en versión original,  no es "otanizar"... Y ya no puedo parar de preguntarme, cuál sería el verbo:  ¿Quizá "natar" (de NATO). ¡No puedo con tanto recato! Y mientras, por fin, el mando fulmina cualquier resquicio de la OTAN, mis carcajadas, al fin, brotan, y yo me relajo un rato.

Dicen los de la tele que hay casi dos mil periodistas de todo el mundo para cubrir este evento, en el que además de ejercer como anfitrión, España celebra su cuarenta aniversario en la Alianza Atlántica. ¡Mira que nos gusta a los españoles esto de los aniversarios, y no digo lo de celebrar, aunque no haya motivo por el que hacerlo! Esto me retrotrae a cuando se celebró hace cuatro años a bombo y platillo las cuatro décadas de Constitución, y mucha gente nos preguntamos entonces qué se celebraba en realidad, cuando los artículos de la llamada Carta Magna quedan muy bien cuando se leen en voz alta, pero en la práctica, muchos de los esenciales aún siguen esperando hacerse realidad...
Hablando de realidad, no sabemos a ciencia cierta qué saldrá de esta cumbre, aunque a la gran mayoría se nos ocurre una gran incertidumbre, aderezada de no poca servidumbre, algo que, por otra parte, ya es una costumbre.

A las cifras en el número de informadores, hay que añadir otras como el despliegue de seguridad con más diez mil agentes. Y lo que todo el mundo está pensando. ¿Cuánto cuesta todo esto? El Gobierno estima que sumando todas las partidas que conforman organizar la cumbre, se sobrepasarán de largo los cincuenta (50) millones de eurazos. ¡Quién los pillara! Dicho así podría parecer un bote del Euromillón, pero no, no lo es. Se me ocurre que esa cantidad podría haber tenido un mejor destino, como ayudar un poco más en las ya famosas "medidas anticrisis".
Según Míster Biden & company, la Alianza está lista para responder a cualquier amenaza, y eso que no ha venido en su monoplaza. No, se ha traído a "la bestia" , un coche que es casi tan seguro como un tanque, capaz de resistir misiles y ataques químicos. ¡Lo que viene a ser una estupenda coraza!
 
Esto más que cumbre parece un circo en el que cada uno tiene su papel: esta noche todos a cenar al Museo del Prado, y seguro que nadie se siente hipotecado. Bueno, y que no falte de nada, por favor. Por no faltar, ni los cuadros, aunque no creo yo que las susodichas delegaciones se detengan en admirar las pinturas. Para cuadro, el de Leticia y Felipe (por favor, dejadme que me anticipe, y de paso que flipe),  si tienen que dar la mano a tod@s l@s invitad@s. ¡Menos mal que estas cenas suelen ser frías! Pues nada, que ustedes lo pasen bien, que hasta nuestro presidente está de suerte: va a celebrar su santo, el día de San Pedro sin Pablo al lado, muy bien acompañado, y como anfitrión de la cumbre de la OTAN. o mejor dicho, de la NATO, que, otra cosa no sé, pero Sánchez habla un buen inglés, y ahora os dejo, que ya no puedo más con este estrés...

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29/06/2022 18:15 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"Nacer en el lugar equivocado"

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¡No termino de creer lo que veo! Deben ser mecanismos de defensa de la mente para que, cuando la crudeza y la tragedia se nos muestran sin filtros, nos proteja de un horror que parece sacado de la última serie de moda. Pero no, me digo, cinco segundos después. ¡No es ficción, Dios mío, esto está pasando, y, lo peor: se está consintiendo!

Aunque esto era la crónica de una guerra anunciada, no por ello se hace más leve cuando, al final, llega. Ahora, incluso podemos asistir en directo, como si fuera una premier, con butaca de patio, sin movernos de casa, y ni siquiera pagar  una suscripción a una plataforma de streaming... Sé que es horrible lo que digo, pero, también, como la propia guerra, es una verdad indecente. 

Ayer ya nos levantábamos con la noticia y las imágenes del primer ataque ruso a Ucrania, y hoy desayunamos con la entrada en Kiev por parte de las tropas de Putin. Ya sé que a la gran mayoría nos invade un tremendo rechazo junto a un enorme sentimiento de tristeza, y, sobre todo, de empatía y solidaridad hacia un pueblo que va a ser masacrado. Pero, aún así, si, por un momento, intento mirar la escena desde fuera, no puedo dejar de lado lo vergonzoso que supone que una tragedia de estas dimensiones, al mismo tiempo, implique una millonaria audiencia de espectadores que siguen la catástrofe en tiempo real. No se vaya a enfadar nadie, no me refiero al derecho a la información. Es sólo que no puedo darle "normalidad" a que mientras unos caen, huyen y ven cómo su vida se hace pedazos, otros asistimos a ello en calidad de espectadores. ¡Ni unos ni otros tienen la culpa! Hablando de culpa, o mejor dicho, de culpables... La megalomanía de Putin, junto a otras "virtudes" que recuerdan demasiado a otro fanático que la lió "parda" durante el siglo XX, no conoce fin. Dicen algunos que ya intuían lo "peligroso" que parecía, pero, aquí también, siempre, la realidad supera a cualquier intuición imaginada.

No sabemos cuántos capítulos tendrá este reality de gente anónima que se juega la vida sin premio de por medio, y que más parece el último videojuego de "a ver quién mata a más personas hoy"... Lo que sí sé es que hay cosas con las que ya uno no puede: el instante en que he visto unas imágenes de niños recién nacidos que habían sido trasladados de la maternidad donde acababan de llegar al mundo, a otro lugar más "seguro". Mientras pulso el botón de apagado del mando no puedo dejar de pensar en la paradoja que supone el nacimiento de esos niños: la vida intentando abrirse camino entre la destrucción, el caos y la muerte

Voy como un autómata hacia la cocina con la intención de prepararme algo para comer, y, aunque sé que no pueden escucharme, me descubro hablando con ellos en voz alta: "¡Ojalá consigáis sobrevivir y tener una vida plena!"...  Diez segundos después vuelvo a escucharme como si se tratara de otra voz que no es la mía: "¡Qué impotencia, y qué injusticia que el destino de tu vida venga dado por el lugar en el que naces!"

Una horrible idea cruza mi cabeza, y se instala en ella sin que pueda detenerla, con forma de pancarta: 

 "Nacer en el lugar equivocado"

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25/02/2022 20:56 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Homenaje "Abogados de Atocha": el recuerdo construye

El 24 de enero de 1977, un grupo de extrema derecha, pistolas en manoirrumpió en el despacho de  los abogados laboralistas del número 55 de la calle Atocha, en Madrid. Nueve personas fueron acribilladas a balazos. Fallecieron los abogados laboralistas F. Javier Sauquillo, Javier Benavides, Serafín Holgado, Enrique Valdevira y el trabajador Ángel Rodríguez. Resultaron heridos graves Alejandro Ruiz-Huerta, María Dolores González, Luis Ramos y Miguel Sarabia.

El entierro se convirtió en la primera manifestación multitudinaria que se recuerda en Madrid en aquellos días convulsos. Miles y miles de ciudadanos anónimos se echaron a las calles arrastrados por el sentimiento nacido del rechazo a la sinrazón, a la barbarie y a la injusticia. Con su pacífico "basta ya" y sus muestras de solidaridad y apoyo, estaban , sin saberlo, contribuyendo a levantar los cimientos de lo que sería la democracia.

El atentando pretendió detener el proceso democrático recién iniciado. En contra de todo pronóstico, el suceso provocó una manifestación de dolor común compartido: impotencia y rabia que se convertían en una concentración pacífica y de duelo.  Aquel sentimiento popular inauguró,  en parte, el viaje a la democracia, que se consolidaría el 15 de junio de 1977 en las urnas (Las primeras elecciones tras la dictadura).

El destino de España estaba en marcha. Esto no pretende ser una crónica de aquellos días: para eso, sólo hay que acudir a las hemerotecas. Por entonces, yo era aún una niña ajena a todo lo que estaba ocurriendo.  Lo único que puedo contar es la experiencia que viví, muchos años después y ya como periodista, al dedicar en televisión un programa especial en el 25 aniversario. Cuando saludé a Miguel Sarabia, uno de los supervivientes de aquel horror, antes de entrar al plató, pude intuir la fortaleza y humildad de un hombre que cumplía por esos días 25 años de su segunda vida. Entre varios invitados, su grandeza se puso de manifiesto enseguida, al notar todos los que allí nos encontrábamos, que, en absoluto, quería acaparar el protagonismo. Nunca olvidaré que, aunque mi condición de periodista no debía permitirlo, esa noche pudo más el ser humano, y la emoción afloró al ser testigo de todo lo que allí se contó. No creo que se pueda relatar en primera persona un hecho tan cruel con un realismo tan sobrecogedor, pero, al mismo tiempo, ausente de todo morbo o sensacionalismo.

Recordar cada año, éste y otros hechos que forman parte de la Historia reciente de nuestro país ayuda a comprender que todo lleva un proceso, y las cosas, como creen algunos (o quiénes simplemente lo desconocen), no aparecen  de un día a otro. Quiero traer aquí algunas de las palabras que aquella memorable noche Miguel pronunció, recordando un proverbio árabe  "Si se cerró la herida, queda la cicatriz, y esperemos que esta cicatriz tenga su sitio en la Historia, sobre todo, para que nunca se repita".

Me gustaría terminar con un párrafó del libro "La memoria incómoda. Los Abogados de Atocha 1977/2002", de Alejandro Ruiz-Huerta, otro de los supervivientes de aquella barbarie.

 "Entre 1976 y 1977, en el tiempo que habría que llamar ’el corazón de la transición’, hubo más de 100 personas muertas o heridas en atentados que pueden considerarse políticos. Y como dijo una vez Paul Eluard, y recoge Gregorio Peces-Barba en el prólogo del libro sobre los hechos de Atocha: ’si el eco de su voz se debilita, pereceremos’. Porque es preciso mantener encendida la luz de la memoria para construir desde ella, a pesar de ella, un futuro mejor"

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24/01/2022 21:06 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"El tiempo: ese gran enemigo"

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En una de sus últimas canciones, John Lennon decía que la vida es aquello que te sucede mientras estás ocupado en hacer otros planes.  ¡Ni él mismo llegó a saber cuánta razón tenía al afirmarlo!  Casi nunca somos conscientes del tiempo que “desperdiciamos” en planificar el futuro (algo, por otra parte, completamente absurdo), mientras se nos escapa de las manos el día a día. Si os digo que, hoy por hoy, es lo que más impotencia nos causa ¿Lo pondriáis en duda?

Hace mucho que no quiero escuchar la voz interior que, de vez en cuando, y con insolente crueldad, me recuerda que el tiempo nos está devorando sin tregua. Nuestra mente no descansa, o, quizá debería decir, nosotros le negamos ese descanso, ocupándola en enumerar todo lo que debemos hacer cuando amanezca el nuevo día. Después, cuando ese día llega a su fin, la torturamos haciéndole ver que no se ha cumplido ni la cuarta parte de lo planificado.

¿Qué nos pasa? ¿Se ha esfumado la capacidad de disfrutar el presente? ¿Quién sabe que ocurrirá mañana? ¿Acaso sabemos si estaremos aquí aún?  Son muchos los que defienden el vivir cada día como si fuera el último. Pero tampoco sabemos a ciencia cierta qué haríamos si ahora mismo nos asegurasen que no habrá un mañana.

También oímos con mucha frecuencia que hay que disfrutar de las pequeñas cosas, que la felicidad es algo abstracto y un concepto relativo. ¡Cierto: cada uno puede construirse su propia “felicidad” a base de momentos! ¡Y cada instante es único, y eterno al mismo tiempo, si nos lo proponemos!

Lo irremediable y paradójico, es que, por mucho que queramos, ese presente, se convierte en pasado en cuanto se ha vivido. Para eso sirve el recuerdo, entre otras cosas: para evocar esa imagen placentera, que se acaba de vivir, o que, por el contrario, ocurrió hace tiempo. Por muy nítido que ese pasaje llegue a nuestra memoria, nunca será como vivirlo de nuevo, y ahí es donde, sin buscarla, llega la nostalgia. ¡Es el riesgo que se corre! Y, llegados a este punto, lo dijo Sabina hace años en una vieja canción.

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”

No quiero cansaros en un día en que, quizá, esté lleno de recuerdos, recientes o antiguos. O, tal vez, algunos estéis muy ocupados preparando el futuro, y, cuando llegue, es posible que ni os déis cuenta. En cualquier caso, recordad siempre lo que dejó escrito el gran Flaubert, del que, por cierto, en estos días se cumplen doscientos años de su nacimiento:

"El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He ahí por qué se nos escapa el presente"

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04/12/2021 12:45 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Juan Gibert: "El arte de dejar huella"

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Lo que iba a ser una tarde tranquila de un día festivo y soleado, de repente se ha tornado en triste y muy gris. Echando un vistazo a las redes sociales, que, por cierto, frecuento tan poco últimamente, me entero del fallecimiento de Juan Gibert, un amigo muy querido por mí, además de una eminencia en el campo de la Farmacología, las Neurociencias y la Psiquiatría.

Juan Gibert Rahola era un ser humano excepcional, algo que hoy día es indispensable destacar. No hemos podido llegar a vernos personalmente, y eso no ha sido impedimento para profesarle un gran afecto y gratitud. Llegué a él de una manera atípica. Un día leyendo un artículo médico vi su nombre, y ni corta ni perezosa, intenté localizarle. Empecé por Linkedin, y lo conseguí: pude establecer contacto con él y preguntarle a través de esta vía si sería posible que me diera una dirección de correo electrónico con el fin de consultar dudas que tenía en aquel momento sobre ciertos medicamentos. Dudas que, por otra parte, nunca conseguí que me resolvieran los médicos que conocía presencialmente

No sólo me ofreció la posibilidad de que le escribiera a su correo, sino que con toda naturalidad me facilitó también su teléfono, ofreciéndome la posibilidad de llamarle y tener, por tanto, una comunicación más directa y fluída. Conversación que se produjo al día siguiente, y que me generó la sensación de que acababa de conocer a una de las personas más generosas, empáticas y comprometidas de mi vida. Y no me equivoqué: es más, me quedo corta a la hora de detallar la categoría humana de este hombre.

No sólo resolvió mis dudas, y me aconsejó magistralmente, sino que me dijo con total naturalidad que podía llamarle y escribirle, tanto por correo, como por whatsapp, siempre que necesitara consultar algo.  Yo no podía creer que alguien tan brillante y con esa trayectoria profesional, además fuera tan cercano, solidario, y  dispuesto a ayudar a alguien que no había visto nunca, y estar convencida que lo hacía porque, fundamentalmente, era un hombre bueno.
Ayer precisamente recordé que el jueves sería su cumpleaños, y, al mismo tiempo, me di cuenta de que este año se le había "pasado" felicitarme por el mío (hace un par de semanas). Ahora sé por qué no pudo hacerlo, y ahora sé que yo tampoco podré llamarle el día 14. Mientras le escribía unas letras a su hija, tras leer la noticia, transmitiéndole mi cariño y mi consuelo a toda la familia, se me caían unas lágrimas de dolor, y, casi, sin querer, me decía por dentro: ¡Qué pronto te has ido, Juan! ¡Cuánta gente te está echando ya de menos! ¡Qué gran ser humano perdemos todos! ¡Tu familia, tus alumnos, la docencia y la investigación, a las que dedicaste toda tu vida! ¡Todas esas personas anónimas a las que tanto ayudaste! Me consta por todo lo que he podido ver esta tarde, que tu partida deja un gran vacío, pero, por fortuna,  deja también muchas cosas buenas.
Catalán de nacimiento, llegó a Cádiz en la década de los 70 del siglo pasado, para hacerse cargo de la cátedra de Farmacología de la Facultad de Medicina. Desde entonces, y ya como gaditano de adopción, ha sido reconocido en el área de la neuropsicofarmacología a nivel mundial. Apasionado de su profesión, dedicó parte de su actividad profesional como Vicerrector de la Universidad de Cádiz, Director del Departamento de Neurociencias y Decano de la Facultad de Medicina. En su entrega a la investigación, consiguió crear un laboratorio de excelencia en el área de Neurociencias de dicha Facultad, y fue considerado uno de los mejores investigadores de nuestro país con numerosas aportaciones acerca del funcionamiento del sistema nervioso central.
Me sumo al sentir de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cádiz, y suscribo, entre otras, estas palabras que ha hecho públicas:

"Estamos consternados, es una gran pérdida como profesional, pero, sobre todo, como persona"

D.E.P.  Juan Gibert Rahola (1947-2021)
Catedrático Emérito de Farmacología
Departamento de Neurociencias
Universidad de Cádiz

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12/10/2021 20:05 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"Perder el norte, perder la conexión y otras pérdidas"

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Aunque muchas veces lo intento, no recuerdo gran cosa de todos aquellos años que conforman la infancia de una persona, y siempre que estoy junto a alguien que da rienda suelta a sus recuerdos infantiles, y los narra con gran nitidez, he de confesar que me siento rara.

He sido partícipe, como casi todos, de las aventuras que much@s amig@s, que se han criado en sus pueblos de origen, cuentan con la alegría infinita del que sabe que aquéllo jamás volverá. Además, todo el que ha vivido sus primeros años en un entorno rural, encierra en su interior, en la mayoría de los casos, un tesoro de vivencias que nada tienen que ver con todos los que nacimos y nos críamos en grandes ciudades. Tras escuchar atentamente sus más tempranas vivencias, siempre he creído que, aunque ellos nunca lo pensaron, sin duda, eran más espabilados, tenían la mente más abierta y al haber estado en contacto con la naturaleza desde muy pequeños, habían desarrollado algo que no tiene nombre, pero de lo que carecemos los de ciudad.

A mi edad me sigue impactando el que muchas personas saben muy bien, por ejemplo, dónde no tienen que aparcar en verano, porque el sol va hacia allá o hacía acá... Aquello del norte y el sur, que much@s todavía no sabemos situar. Bueno, por no saber, es que algun@s, entre los que me incluyo, no es que hayamos aprendido a situar en toda una vida los cuatro puntos cardinales, sino que "perdimos el norte" hace ya tanto tiempo, que ahora el que menos nos importa ya es el que se refiere al mapa.
Dicen que una persona que "pierde el norte" actúa como si estuviese desorientada, como si no supiera dónde está, quién es y cómo debe comportarse. Así es exactamente como nos sentimos muchos en estos momentos. Ni siquiera puedo decir cuándo empezó todo, y cuál es la razón de tanta sinrazón. Siempre he sentido, como much@a, que mi vida debía regirse por la armonía, el equilibrio y la coherencia, pero llega un momento que muchas de nuestras vidas se rigen por el absurdo, el surrealismo, la injusticia, la ausencia de sentido y la inercia... Todo ello desemboca, inevitablemente en una mera "supervivencia".

Cada día pensamos que las cosas deberían ser de otro modo, pero mucha gente te dice a cada momento que "la vida es así, hay que aceptarla", "no sirve de nada sufrir tanto", "al final, lo importante es disfrutar, sin pensar demasiado", etc... etc...Y, entre tanto "topicazo", y tanto "Manual de..." para todo, me atrevo a preguntar: ¿Creéis que existe una ínfima esperanza? ¿Es, quizá, esa misma esperanza, la que nos "mata" poco a poco y sin darnos cuenta, pero nos deja un tanto "anestesiados" agarrados a esa confianza, al fin, por lograrlo?

¡Esto no pretende ser un ensayo filosófico, no pretende ser nada! Alguien hablaba hace unos días de acabar con las malditas etiquetas en todos los ámbitos, y no puedo estar más de acuerdo. ¡No a las etiquetas!, ¡No a los estigmas!. ¡Basta ya de encasillar todo y a tod@s!  Ahora que "caigo": ¿Cuánt@s perdieron el norte hace un par de tardes ante la "caída" de sus  imprescindibles "conexiones"???  

Desde mi derecho y mi libertad de expresión lanzo en este momento esta consigna: ¡No a la esclavitud de los teléfonos, mensajes, redes sociales y cualquier cosa que se parezca al control absoluto de las personas! La tecnología es estupenda, y debe estar a nuestro servicio, y no al revés. Es intolerable el hecho de que la gente crea que debemos ir pegados al móvil, para, que, ante el más mínimo requerimiento, dejemos todo lo que estamos haciendo, y se nos vaya la vida en responder, por otra parte, a nimiedades, en el noventa y nueve por ciento de los casos. Sé que afirmar todo esto, no es políticamente correcto, pero también hace ya tiempo que me cansé de serlo. Es más, y no lo digo para jactarme de ello: soy una persona poco convencional, y un tanto "anárquica", aunque pueda parecer lo contrario.

Y ya que estamos, me gustaría que también "conste en acta", que el tiempo de las personas que, en estos momentos, no tenemos un empleo, NO es menos valioso del que las que sí lo tienen. Te llama alguien a la hora del día que sea, y tú, claro, como eres un pobre desocupad@, que no tiene nada que hacer, tienes que estar ahí (sí ó sí) para aguantar lo que sea, cómo sea y el ilimitado tiempo que "eso" pueda durar.  Por poner una nota cómica, y, como diría nuestra añorada Lina Morgan: "No, hija, Noooo". ¿Qué sabes tú, que llamas para que las horas de oficina no sean tan tediosas, lo que pueda estar yo haciendo? ¿Podrías, alguna de esas veces, suponer que, por ejemplo, estoy escribiendo una novela que dará mucho que hablar? ¿Sería demasiado pedir que puedas suponer que ese día no tengo el cuerpo para escuchar tantas tonterías juntas? ¿O que estoy leyendo un libro apasionante? ¿O que simplemente he salido a caminar y a sentir la caricia del aire en mi cara? 
Para mí la libertad es ESO: poder elegir qué hacer con mi tiempo, y no, por ejemplo, "estar de cañas por decreto ley" (que también es muy respetable) . Por cierto, no sé si Mark Zuckerberg decidiría irse a tomar unas cañas, para hacer más llevadero lo del pastizal que dicen ha perdido con la caída de Whatsapp, Facebook y demás familia durante unas horas, pero muchísima más gente de la que podéis imaginar pensó para sus adentros aquello tan andaluz de:
"Tanto descanso llevéis, como dejáis"

Por cierto, lo dijo Voltaire hace ya unos añitos:

"Es difícil liberar a los necios de las cadenas que veneran".

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07/10/2021 18:03 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"El final del verano...

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... Llegó y tú partirás". Aunque desde la pandemia todo el mundo les conoce más por su eterno "Resistiré", creo que la gran mayoría reconocerá en estas dos frases una de las emblemáticas canciones del "Dúo Dinámico". L@s que tenemos ya una edad, la hemos escuchado muchísimas veces, y siempre, tras sus acordes, quedaba en el aire aquel sabor nostálgico de los amores de verano, cuando éste tocaba a su fin. Hoy, sin esperarlo, he podido escuchar la canción en una emisora de radio mientras conducía, y me ha llevado a decir en voz alta: "Mira, qué casualidad, que coincide con que el verano empieza a despedirse". Luego, me he dicho, ya sin hacerlo en voz alta: aunque el verano no termine aún, el final de agosto siempre se asocia al fin de las vacaciones, comienzo del curso, final de etapa, en definitiva. Pero, de repente, y tras frenar en un semáforo que acababa de ponerse en rojo, algo se ha "encendido" dentro de mí, y el monólogo interno que ha dado comienzo en ese momento, y que, horas después, no acaba de concluir, se ha abierto paso, y lo ha ocupado todo en mi conciencia. Paso a reproducirlo:


"No sé si el verano termina ó no: aquí hace un calor agobiante. Muchos parten, como la de la canción, claro que parten, pero no precisamente "el bacalao". Muchos parten para no volver, y éstos incluso (paradojas de la vida), son los más afortunados. Otros, la gran mayoría, tienen que quedarse allí, donde no quieren estar ni un segundo más, donde la vida ha dejado de serlo hace demasiado tiempo. Desde hace días, como si fuera la última serie de ficción que vemos por entregas, asistimos al horror retransmitido a cada momento, en todas las cadenas, en todos los programas, en esos donde todo el mundo opina de todo, y la mayoría no tiene ni idea de nada... Pero qué más da... el caso es hablar y no callar, aunque no se diga nada. Aunque quitemos el sonido a la televisión, se entiende perfectamente, o casi mejor: mucha gente hacinada en aviones, otros en el aeropuerto, otros corriendo por las calles, muchos escondidos en su casa.

Los malos malísimos, sembrando el terror, amenazando, sintiendo ya el poder en sus manos de nuevo, y el calor asfixiante de finales de agosto cayendo "de propina" sobre la gente, como si alguien se mofara y quisiera decirles:  ’¿No tenéis ya bastante? Pues el sufrimiento aquí viene aderezado con ese calor, también asesino, como un compañero indeseable.

Abducida, voy cambiando de canal, y me detengo en uno en el que veo bajar de un avión a personas que acaban de llegar de Afganistán a nuestro país. El locutor dice que están exhaustos, se nota en sus movimien?tos, hay niños. También dice que van a ser alojados de momento en pabellones que ya están acondicionados para recibirles. Mi gesto de dolor, se transforma, durante un segundo es esbozo de sonrisa. No puedo dejar de pensar en toda la gente que no va a poder salir de allí: los programas se afanan por darnos todo tipo de detalles de lo que espera a partir de ahora a todas estas personas. Por cierto ¿Dónde está la ONU, me pregunto? Pero no puedo perder detalle de todo lo que la pantalla está ofreciendo.

Como digo, tiene todos los ingredientes de una exitosa serie, pero aquí es todo real, está pasando y lo estamos viendo. Hay un ultimátum: todos los países que han permanecido en el país asiático tienen que estar fuera para el 31 de agosto. Dicen que el embajador de España ha dicho que él se queda hasta que no esté a salvo el último de sus ciudadanos. Eso le honra. ¿Cuántos habrá como éste? Todo es un caos, cualquier escenario que enfoque la cámara es dantesco. Algunos de los llamados contertulios empiezan a hacer "spoiler": parece ser que es muy previsible la amenaza de atentados terroristas en el aeropuerto, que es donde más gente se amontona.

Mientras tanto, la vida sigue en el resto del planeta... ¿Sigue? Bueno, hacen pausas para la publicidad, aunque mientras dura, toda esa pobre gente seguirá allí, porque no son espectadores de un concurso televisivo, en el que alguien vendrá y les dé un bocadillo y una botella de agua mineral. Allí, bajo ese sol de justicia, nadie les dará nada, ni siquiera un pequeño atisbo de esperanza.
Al final, llegan las bombas anunciadas. ¡La mayoría de espectadores no se sorprende! Claro, es lógico: ya lo venían diciendo, que iba a pasar, que los radicales la iban a montar en cualquier momento. Han tirado varias. Un presentador dice que de momento no hay datos fiables pero que las fuentes hablan de al menos dos decenas de muertos y muchos heridos. ¿Dos decenas de muertos? Pero, qué narices dice esta gente. Están viendo, como todo el mundo, la cantidad de personas allí congregadas, y dos decenas de muertos... Ya sabemos que hay que tener cautela en los medios al dar cifras de esta índole, pero esto me recuerda a las manifestaciones, cuando unos dicen que había 40, y otros 40.000. ¡Qué desastre, Dios mío! (que diría, si aún estuviera viva, una de mis tías por parte de madre). Pero ella lo decía como una "muletilla", ante cualquier cosa. Tía, en este contexto sí que estarías acertada.

Apago la televisión pulsando el botón del mando con una rabia y un dolor contenidos, mientras me dirijo al lavabo gritando: ¡¡¡Pero, en qué mierda de mundo vivimos que mientras toda esa gente, y otros millones repartidos por distintos lugares de la Tierra, viven ya un infierno y esperan un inevitable calvario, otros compran en una subasta, por la módica cantidad de un millón de dólares, el pañuelo con el que Messi limpió sus lágrimas de cocodrilo tras despedirse del Barcelona!!! Durante unos minutos interminables me desespero diciendo que no quiero vivir en un mundo como éste, en el que todos los seres humanos deberíamos ser iguales, pero es mentira, NO lo somos por mucho que exista una Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada en París, en la Asamblea General de las Naciones Unidas, hace casi 73 años.

Hay incluso un momento, en que, quizá la mente, como mecanismo de defensa, me haga creer que es una serie, pero no lo es. Me gustaría que lo fuera, y, además, no la vería, por muchos premios que tuviese. El mundo se derrumba, literal y simbólicamente, sobre sus cabezas, y ellos no pueden hacer nada. ¿Nadie puede hacer nada? Después de las bombas, desde el otro lado del mundo, se oye al presidente de Estados Unidos decir que esto no va a quedar así, que lo van a pagar...


Aunque el monólogo va por libre, casi sin darme cuenta he llegado a la puerta de casa, y ¡qué suerte! (me digo, al ver que hay al menos cuatro sitios libres para aparcar). Mientras pongo la marcha atrás y comienzo la maniobra de aparcamiento, pienso: "Claro, cómo se nota, que, aunque ya falta poco, aún no es 31 de agosto". Sin embargo, para millones de inocentes, ese final del verano este año ha llegado antes. Desgraciadamente, no sucederá como en la susodicha canción del Dúo Dinámico: la mayoría no partirán hacia ningún sitio: su destino ya está escrito con sangre, mientras, como suele ser habitual, el mundo mira para otro lado, aunque, eso sí,  en este caso los que miran, y mucho, son las televisiones para que ningún detalle de tanta barbarie deje de ser comentado. 







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28/08/2021 20:26 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"El filo de la navaja"

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...."Tuve mucho tiempo para pensar, y, sin cesar, me preguntaba a mí mismo cuál era la finalidad de la vida. Después de todo, si estaba vivo, únicamente a la suerte lo debía; y yo quería hacer algo con mi vida, aunque no sabía quéNo podía comprender por qué existía la maldad en el mundo. Comprendí que era un ignorante, y como no tenía a nadie a quien acudir y quería aprender, empecé a leer al azar".

 Acude a mi mente con fuerza, este párrafo de la novela de  W. Somerset Maugham,  "El filo de la navaja", que, con el mismo título, fue después, adaptada al cine con la memorable interpretación de Tyrone Power, en el papel de Larry Darrell: un joven aviador que vuelve a casa desencantado, tras haber vivido los horrores de la Primera Guerra Mundial. Las dificultades para adaptarse a la sociedad y a la frivolidad de la vida que le espera , le hacen emprender un largo viaje en busca de la verdad y el sentido de su vidaLarry espera encontrar el significado a su existencia, que no vislumbra en la comodidad que se le ofrece con un empleo estable y una hermosa mujer a su lado.

 ¿A cuántos "Larrys" (hombres ó mujeres) conocemos hoy en día? Alguno queda, aunque la historia más bien se lee al revés: la mayoría de personas que pertenece a eso que se acuñó hace tiempo como "el mundo occidental", busca una estabilidad económica, una vida cómoda, segura, y sobre todo, sin sobresaltos. Pero hubo una época en que, desde muy pequeños, nos acostumbramos a oir aquello de "lo mejor es un trabajo fijo, para toda la vida". Hubo un tiempo en que "todo el mundo" decía que quería ser funcionario, porque era tener "asegurada" la vida. Sí, yo aún lo recuerdo, aunque entonces, cuando se lo oía decir a los vecinos, a la familia, no entendía bien las supuestas ventajas. Pensaba que debía ser de mortal aburrimiento estar toda la vida yendo al mismo sitio gris, de ocho a tres, a "hacer" como que trabajas, mientras la fila en la ventanilla se va alargando hacia la calle, y algunos de los que se desesperan para hacer algún trámite, acaban pensando: "Mejor vuelvo mañana". Hacían bien, porque, como ya anunciara Larra un siglo antes, es lo que les iban a decir en un altísimo número de casos.

Hubo un tiempo en que parecía que aquello no era lo que la mayoría deseaba como futuro laboralla gente quería hacer cosas, estudiar, crear, emprender, construir, soñar, volar, y, sobre todo, vivirPero también llegó un día en que aquéllo languideció, y la gente volvió a ser la misma de antes, con caras tristes, pocas ganas de hablar, casi ni de saludarse al entrar en el ascensor. A los jóvenes, ó se les esfumaban los ideales, ó estaban demasiado fatigados para mostrárselos al mundo, porque habían nacido ya en un tiempo distinto, en el que casi todo les había sido dado desde la cuna, y cualquier mínimo gesto, les costaba un gran esfuerzo.

 Desde hace unos cuantos años, las cosas han vuelto a cambiar, y de manera estrepitosa, se ha dado otra vez "la vuelta a la tortilla"Jóvenes que no encuentran su primer empleo, ó si lo encuentran es tan precario, que parece una broma llamar a eso "tener trabajo". Personas que, una vez cumplidos los 40, como te veas en la calle por algún motivo, volver a trabajar es casi, misión imposible, debido al sesgo de la edad. Despidos masivos, ERTES, cierre de empresas, falta de oportunidades. En fin, ilusiones rotas, talento desaprovechado, y, en muchísimos casos, sin poder atender lo básico: pagar la luz, llenar la nevera, "poder ir tirando" se decía antes...  Antes, siempre antes... ¿Antes de qué? Antes de que todo estallara y nos obligara a cambiar el chip: la gente tuvo que "ponerse las pilas" como fuera, trabajar, en algunos casos, sólo 8 ó 10 horas a la semana, ó en otros casos, más de 50 para seguir malviviendo, intentar irse donde quiera que hubiese trabajo, e incluso, aquéll@s que detestaban la idea de "un trabajo para toda la vida", pasaban a estar pendientes del BOE, para ponerse a opositar como locos, aún a sabiendas de que era más probable que les tocara el euromillón (y mira que es difícil), que sacar una plaza en la administración.

 Volviendo a la primera época a la que me refería, la gente ya no hablaba tanto y cuando lo hacía no sabía hacerlo con normalidad. Ya lo anunció hace algún tiempo el genial Jardiel Poncela"Los hombres que no tienen nada importante que decir, hablan a gritos". Será para asegurarse que se les escucha en un tiempo en el que nadie lo hace. Pero ¿sabéis lo más terrible de eso? Ni siquiera estamos dispuestos a escucharnos a nosotros mismos, a oir esa voz interior que todo individuo lleva dentro. ¿Tanto miedo nos da lo que podamos descubrir allí? 

¿Cuántos son los valientes que, al menos, alguna vez lo intentan, como nuestro Larry? Él fue, sin temor, al encuentro de sí mismo, del conocimiento de su yo más profundo, y, eso, claro que implica silencio. Aunque Larry sea un personaje de ficción, sé que en algunos rincones del planeta quedan algunos, y, aunque muchos de ellos no lleguen a descubrir del todo quiénes son, y qué hacen aquí, yo les admiro porque, lo que sí está fuera de toda duda, es que albergan mucha valentía. Con ellos no va lo que les ocurre a la gran mayoría, una verdad tan contundente, que pronunció Rabindranath Tagore, el brillante artísta y filósofo bengalí, casi como vaticinio de nuestro tiempo:

"El hombre se adentra en la multitud por ahogar el clamor de su propio silencio".

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31/05/2021 14:28 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"Edadismo ó la estupidez humana"

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A veces, cuando menos lo espero, se me viene a la cabeza una frase contundente: algunas quizá sean sólo reflexiones que, no sé cómo salen de lo más hondo de mi interior, y otras, son de las conocidas como "citas célebres". Esta mañana, recién levantada, me ha invadido una de estas últimas, y no me ha quedado más opción que ser amable, y dejarla pasar invitándole a quedarse un ratito.  "El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo". Creo que no es necesario aclararlo, pero por si acaso, tamaña frase pertenece al párrafo con el que da comienzo "Cien años de soledad", del añorado escritor y periodista colombiano, Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura en 1982. Esto último es, casi, irrelevante. Los que han leído, leen, releen, y leerán a "Gabo", lo harían igualmente, aunque la Academia Sueca no se hubiera acordado nunca de él. 

La cuestión es que, mientras me preparaba el desayuno recitaba mentalmente, una y otra vez la frasecita, hasta que, de repente, y tras dejar la tostada en un plato, me he sorprendido diciendo en voz alta: "Ya, pero hay cosas que no se pueden señalar con el dedo". Como en uno de esos flashbacks a los que nos tienen tan acostumbrados las series televisivas, he revivido un episodio que tuvo lugar hace unos años en el transcurso de una entrevista de trabajo.

Antes de nada, tengo que poneros en antecedentes. Por aquel entonces, aproximadamente ocho años atrás en el tiempo, los portales de empleo ya tenían todo el protagonismo en el ya precario mercado laboral, y, sobre todo, la "sartén por el mango". Era un momento en el que nadie se cuestionaba al inscribirse, el motivo de tener que poner (sí ó sí)  tu fecha de nacimiento, así como un gran número de datos personales que, por supuesto, no tenían nada que ver con los distintos puestos a desarrollar. De esas plataformas, una de ellas ya sobresalía del resto, siendo la más visitada,  para después, inscribirse en sus ofertas. Recuerdo que yo solía postularme en perfiles distintos, si bien tenía la experiencia y capacidad que se requerían para ello. Tras un tiempo, empecé a notar que ya no tenía entrevistas con la frecuencia con la que solían llamarme, y un buen día, comentándolo con una amiga, me dijo, para mi sorpresa, que se había enterado de que el famoso portal de empleo aplicaba el filtro de la edad, y, ya de entrada, se descartaba a muchísimas personas en el mismo momento de inscribirse a la oferta, sólo por su edad. A ella a su vez se lo había contado alguien que, además, le había dado una "solución". De hecho, ya la estaban utilizando muchas personas en aquel momento: cambiar el año de nacimiento, es decir, si habías nacido en 1968, por ejemplo, ponías 1978, y, según aquélla chica, "si te llaman, no hay problema, con decir me habré equivocado al mecanografiar la fecha", estaba todo arreglado. Recuerdo que nos estuvimos riendo, aunque maldita la gracia que tiene el asunto, y tras un rato de conversación le dije que lo iba a hacer, aunque fuera simplemente como "experimento sociológico", una frase muy socorrida, que sirve para casi todo. 

A los dos días de haber "rejuvenecido" diez años mi perfil en este portal, me llamaron de dos empresas distintas para citarme a sendas entrevistas de trabajo. Casualmente, las dos eran para el mismo día, y por la misma zona, así que pensé en mi "buena suerte" al tener la agenda completa esa jornada. Llegó el día señalado, miércoles para más señas, y tuve la primera, a las once de la mañana, sin nada digno de reseñar. Al salir, me acerqué hasta el madrileño parque del Retiro para hacer un poco de tiempo hasta la segunda, que estaba fijada a la una del mediodía, y en realidad, era el "plato fuerte". ¡Quién me iba a decir a mí, mientras me dejaba acariciar por el aire de aquella mañana de otoño, que tras ese sereno paseo, iba a vivir aquélla experiencia! 

Tras esperar unos cinco minutos frente a la Recepción de aquellas imponentes oficinas (tal como correspondía al prestigio de la compañía en aquel momento), y situadas en una de las principales calles del barrio Salamanca, llegó una secretaria muy amable invitándome a que la acompañara. La seguí hasta el final de un largo pasillo, donde al final abrió una puerta anunciando mi llegada. Entré en un luminoso y diáfano despacho, y tras las presentaciones, fui invitada a sentarme. Al otro lado de la mesa, una señora de unos 50 años (aunque aquí ya no sé si acierto, después comprenderéis la razón...) lucía su sonrisa más encantadora y rompía el hielo preguntándome si me gustaban las oficinas. Obviamente, le dije que sí, y se dispuso, currículum en mano, a "repasar" conmigo todas y cada una de las experiencias profesionales reseñadas en él. Esto es algo que no entiendo, y que hacen multitud de entrevistadores que, en realidad, el problema que tienen es que no saben entrevistar a l@s candidat@s y optan por lo más "socorrido".  Pero volvamos a la escena. La señora, Directora Ejecutiva de una prestigiosa firma multinacional (en aquel tiempo), en el sector de la estética, me miraba de arriba a abajo, y, en un determinado momento, hizo un inciso, para decirme "va usted muy elegante", y antes de que me diera tiempo a reaccionar, lanzó el remate: "¿Viste siempre así?"  En realidad, haciendo un alarde de sutileza, lo que quería saber es si iba vestida de traje de chaqueta negro ribeteado en blanco, sólo "para la ocasión", como diría mi admirado Joan Manuel Serrat.  Con amabilidad, pero contundente al mismo tiempo, le respondí que sí, que cuidaba mi forma de vestir, peinarme y maquillarme siempre, porque creía que era uno de los reflejos de mi esencia, y además me gustaba verme bien a mí misma. Creo que aquéllo la "conquistó", pero simplemente fui yo misma. Tras el repaso al cv, se detuvo en contarme que las funciones del puesto bajo el nombre de Consultora, consistían en recibir a personal del sexo femenino que acudía con cita a las oficinas para interesarse en tal ó cual tratamiento estético, todos de última generación, por supuesto, carísimos, y saber asesorarles adecuadamente para que cayeran rendidas ante sus bondades. Es decir, atender a mujeres de alto poder adquisitivo, y convencerlas de que con cualquiera de aquellos tratamientos, se quitarían diez años como por arte de magia. ¡Diez años!

En aquel momento, como por arte de magia también, vino a mi cabeza el detalle de aquellos diez años menos que yo ya me había quitado, y sin necesidad de haberme gastado un pastizal, ni de que nadie me tocase la cara. Pues bien, en aquel preciso instante, y como si los astros se alinearan, aquella flamante directora (que hoy sería CEO. ¡Por cierto, qué feo!), pronunció las  palabras mágicas que tod@ entrevistad@ querría oir: "Me gusta usted, creo que es la candidata ideal para este puesto, y no suelo equivocarme". Antes de que acabara de darle las gracias, continuó: "Recapitulemos, Mercedes. Tiene usted una gran facilidad de palabra, sabe desenvolverse, claro, es lógico, como es periodista, eso le habrá dado muchas tablas..  También ha trabajado durante algún tiempo como Secretaria de Dirección, y Asesora Comercial, lo que le confiere la experiencia en el trato con el público, algo que también buscamos. Es usted elegante en sus formas, no sólo en el atuendo, y, muy atractiva, si me lo permite. Tiene, además, 36 años, por lo que veo recién cumplidos de septiembre... ¡Vamos, que, aunque tenemos otras dos entrevistas más esta misma tarde, ya le adelanto que a mí ya me tiene ganada!"

Sabía que tenía que interrumpirla, y no podía dilatar más el momento. Así que, me armé de valor, y con gran confianza en mí misma le dije: "Discúlpeme, Mercedes (éramos tocayas, y me había sugerido que la llamara por su nombre de pila).  Me temo que debe haber algún error: usted acaba de decir que tengo 36 años, pero no es así. Los que acabo de cumplir son 46.."  A la señora le cambió el color del rostro, se puso blanca como la pared, y sólo le faltó aquello tan manido en las películas clásicas de pedir las "sales". Se recompuso como pudo, y, ya con otro tono de voz, mucho más distante, lo primero que salió de su boca fue: "Pues se conserva usted muy bien para tener 46". Le dí las gracias otra vez, y, antes de que pudiera seguir hablando, me cortó en seco y me dijo, mirando de reojo su reloj, que la disculpara, ya que tenía una importante comida y se tenía que ir. "No se preocupe de nada: Carolina, mi secretaria, se ocupará de llamarla para transmitirle nuestra decisión".  Sin mirarme a los ojos ni una sola vez más y sin ofrecerme la mano como despedida, gesto que sí tuvo a mi llegada, me invitó a salir de aquel despacho.

Mientras recorría el pasillo que me conducía a la recepción, y de ahí a la salida, pensé fugazmente que hay cosas que no se podían nombrar, porque aún no se había inventado la palabra para hacerlo. Hoy sí, hoy podríamos decir que lo que acabo de relatar, completamente verídico, es un claro ejemplo de Edadismo, ó discriminación laboral por motivos de edad. Pero, en aquel momento, mientras esbozaba una sonrisa, ausente de malicia, lo único que se me venía a la cabeza era una cita del gran Flaubert, que aprendí durante el Bachillerato en clase de literatura, y que se me quedó grabada a fuego: "La tierra tiene límites, pero la estupidez de la gente es ilimitada". El gran Gustave Flaubert, incomprendido en su época, cumpliría este próximo diciembre su bicentenario, pero fue un gran adelantado a su tiempo, y supo ver y describir como nadie, hasta entonces, la estupidez humana.
 
Lo que no pudo soportar aquella directiva es que, durante casi una hora de reloj que estuvo charlando con alguien que le llegó a "caer bien", que consideró más que apta para ocupar aquel cargo, y a quien dedicó más de un elogio, estuviera completamente segura de que esa mujer tenía 36 años y no 46, como le confirmó después, sin inmutarse ella misma. ¿Qué había cambiado en realidad, tras subsanar el "error" de la edad? La candidata seguía teniendo intacta sus supuestas cualidades: simpatía, don de gentes, elegancia, aptitud para el puesto, experiencia, desenvoltura... Entonces, ¿qué había ocurrido? Sobra decir que nunca más volví a saber de esta señora y la prestigiosa empresa en la que prestaba sus servicios. Cuando al día siguiente llamé a mi amiga para contarle cómo habían ido las entrevistas y relaté esto que hoy he compartido con vosotr@s, ella, haciendo gala de su locuacidad dijo:  "¡Pues qué poca inteligencia demuestra esta señora, porque, después de saber tu verdadera edad, y con todo lo que te piropeó, tendría que haberte contratado, y haber utilizado eso como argumento de ventas! ¡Con el tratamiento estrella de la firma X te quitas diez años, en menos que canta un gallo!  ¡Hay que ser tonto: ella y su empresa se lo pierden!" Después de reirme por su ocurrencia, le contesté:

Nena, ya lo dijo Flaubert hace casi dos siglos: "La Tierra tiene límites, pero la estupidez de la gente es ilimitada"

 

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