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¿Por qué se celebra lo que no existe?

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Estoy segura de que en estos días la cabeza de muchos, entre los que me incluyo, no da abasto para celebrar aniversarios. La resaca que llevamos en el cuerpo por los actos y festejos del 40 cumpleaños de nuestra Constitución, no tiene nada que envidiar a la que se producirá en próximos días con motivo de la Navidad. Aunque, quizá, aquí no estoy siendo muy rigurosa: no se nos escapa que las fechas navideñas se adelantan cada año en el calendario y ya nadie se extraña de que, a primeros de octubre las estanterías de los supermercados se llenen de turrones y demás familia. A los golosos "les hacen polvo", porque, una de dos, ó caen en la tentación desde el primer día, ó ir a la compra se convierte en una carrera contra obstáculos, de los rodeos que intentan dar para no pasar por el "pasillo de marras". ¡Pobres! ¡No hay derecho!


De derechos, precisamente, quería yo hablar hoy, y de pobres, también. ¿Por dónde empezamos? Sinceramente, creo que aquí el orden da igual, ya que, como decía aquel chiste de hace años "Todos los caminos llevan a Roma". Aún así, nos quedamos más cerca. 

Estamos de acuerdo que suena muy bien decir, escribir y repetir hasta la saciedad, que nuestra Constitución ha cumplido 40 años. Por cierto, quizá sea a la única que le encante cumplir esa edad y no le afecte la "crisis de los 40". Dejándonos de bromas, a Ella directamente, al ser algo simbólico, no le afecta nada, pero a nosotros sí, y no porque cumpla esa edad que se nos antoja ya como síntoma de madurez, sino porque lo que no se "cumplen" ninguno de sus artículos esenciales. Entonces, ¿Por qué lo celebramos? ¿Alguien celebra lo que no existe? 

El artículo 35 de la llamada Carta Magna, con toda la solemnidad que ello merece, nos dice que "todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo, y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia". La verdad es que uno lo lee, y le suena a música celestial, pero la realidad es que hay casi un millón doscientas mil familias en las que todos sus miembros están en paro, y tres millones y medio de personas están inscritas como parados en los servicios públicos de empleo, de los que, casi la mitad no cobra prestación alguna. Por otra parte, y, fundamentalmente, entre el sector más joven de la población, algunos van consiguiendo empleos con sueldos tan bajos y contratos tan precarios, que no consiguen salir adelante por sí mismos, y pasan "técnicamente" a ser considerados "pobres". A partir de ahora, si vuelvo a escribir esta odiosa palabreja, ya no hará falta entrecomillarla.

Por cierto, no sé si los que estáis leyendo esto en este preciso instante, sabéis que el artículo 47 de nuestra querida y celebradísima Constitución, nos recuerda que "todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general, para impedir la especulación". Aquí ya no sé si me puedo morir del ataque de risa, o directamente de la pena que me produce. 
¡Desahucios (aunque algunos quieran hacernos ver que ya no los hay), con unos efectos colaterales tan tremendos como el suicidio en algunos casos, o familias con niños y ancianos que pasan a hacer de la calle su residencia de invierno; infraviviendas; personas atrapadas en hipotecas que valen más que sus casas!     Suma y sigue ...

Y no hay que olvidarse de la llamada "pobreza energética"que padecen más de cinco millones de personas en este país. Todos, con sus nombres y apellidos (no son sólo un número), que pasan frío dentro de sus casas, y que, prefieren, a veces, entrar en algún centro comercial, aunque no vayan precisamente a comprar, para estar "calentitos" un rato. Personas que casi no pueden encender la luz cuando oscurece, porque el pagar la factura eléctrica implica, en muchos casos, quitárselo de comer al día siguiente. Pero, eso sí, a paradojas no nos gana nadie. De hecho, además de conocernos por la paella, la siesta, los sanfermines, y otros topicazos, podrían llamarnos también "el país de las paradojas". Mientras todo esto ocurre, el despilfarro prenavideño lleva ya, días campando a sus anchas. La ciudad gallega de Vigo, o mejor dicho, su alcalde, ha querido este año "que todos nos envidien: esto va a ser el no va más", con su espectacular (¿O habría que decir "interestelar"? alumbrado navideño. Un millón de euros y nueve millones de bombillas Led han hecho posible que, pese a tamaño despilfarro energético, supere a ciudades como Nueva York o Tokyo en su ostentación. No hay que olvidar tampoco, según dicen los expertos, amén del derroche, la contaminación lumínica que supone. Como cualquier contaminación, a mí me importa, pero lo que me importa más que nada es pensar cuántos hogares se podrían calentar, y pagar su factura de la luz, con una ínfima parte del presupuesto destinado a este despropósito. ¡Atentos, que no digo todo, sólo una parte!  

Esta humilde ciudadana no quiere que nadie le acuse de querer cargarse el famoso "espíritu navideño" y la ilusión de niños y grandes a salir por las calles y que sus ojos contemplen esas luces de colores que incitan al consumo, a invocar a Papá Noel y los Magos de Oriente. ¡Dios me libre! Pero, líbranos, Señor, también, de aquellos megalómanos que están bastante más preocupados en cómo se verá su ciudad desde el espacio, que de si sus habitantes, pueden o no, calentarse o encender la luz en sus casas. Dicen que dijo a los periodistas en rueda de prensa: "Iré a ver al ministro de Innovación, que saben que fue astronauta, y le preguntaré cómo se vería Vigo desde allí arriba". No sé si será la mayor preocupación de los vigueses estos días, aunque seguro que muchos de ellos estarán pensando que cuando pasen las fiestas, y toda la parafernalia se desmonte, el alcalde tendrá un "detallito" con ellos, para que no vuelvan a tener que comprar una bombilla en toda su vida. Muchos que, posiblemente, no tendrán una pensión ó renta vitalicia, como sí suele ser el caso de la llamada "clase política", por lo menos que puedan presumir de "bombillas vitalicias". Eso sí, desde aquí deseo que, en caso de que el regalo se haga efectivo,  sus ingresos les permitan pagar el recibo de la luz.

Por cierto, desde la Confederación de Asociaciones de la Unión Europea, COFACE Families Europe, y ASGECO, Asociación General de Consumidores, se debate que para combatir la pobreza energética es necesario proponer un enfoque holístico, en el que se combinen políticas sociales y ambientales. Por consiguiente,  el acceso a la energía sería una condición previa para la participación en la sociedad y tener una vida digna, y se reconoce, cada vez más, como un derecho humano. De derechos quería yo hablar. Se cumplen setenta años (70) del día en el que la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos. ¡Lástima que se celebren dos cumpleaños tan ilustres, sin que haya motivo para ello!

Ninguno de los derechos humanos esenciales, que fueron escritos, firmados y ratificados por un sinfín de países, y cuyo texto ha sido traducido a más de 500 idiomas, se cumple setenta años después. Por enumerar sólo algunos: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. "Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona". "Toda persona tiene todos los derechos y libertades, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional, o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición". "Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre. La esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas". "Toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos".  "En caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país". "Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión"
No están todos los que son, pero sí son todos los que están. Sobra comentar que vivimos un momento en el que algunos de esos derechos están más lejos que nunca de cumplirse. ¿Qué hacen los gobiernos, cada uno en su país? ¿Qué hace la ONU? ¿Qué hacen los gobiernos de muchos países, cuando se reúnen en esas macrocumbres, aparte de la "foto de familia" y preocuparse por la seguridad, para que todos vuelvan sanos y salvos a casa?

Entonces ¿Qué se celebra? ¿Por qué tanto en empeño en celebrar y celebrar, cuando todo está por hacer?  Por favor, les pido, que, de una vez por todas, se ganen el sueldo, y hagan su trabajo, que no consiste en el ataque verbal al contrario, en el "Y tú mas", en perder el tiempo de la manera más tonta, o, peor, aprovecharlo demasiado para enriquecerse a costa de lo público. Permítanme, sólo por si en algún momento se les ha olvidado que su trabajo consiste en propiciar las condiciones para que todas esas premisas se cumplan,  y, por fin, algún día, puedan ser realidades para celebrar, y no escatimar en ello. ¡Dejen ya de tirarse los trastos a la cabeza unos a otros, y destierren esa crispación, que, además, contagian a toda la sociedad. Y, sin ánimo de ser pesada, lo digo una vez más: "No desperdicien tantas energías en nimiedades, y dedíquenlas, por fin, a lo importante, a lo esencial, "a lo que nos da de comer", como se dice aún en muchos pueblos de nuestra geografía. Y cuando digo a lo que nos da de comer, no me refiero sólo a la alimentación. Creo que todos ustedes son muy inteligentes, y lo cogen al vuelo. ¡Ánimo, y a ponerse cuanto antes a la faena, que de ser así, quién sabe si, finalmente, el próximo año, podamos al final c-e-l-e-b-r-a-r  algo de verdad!!!

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"Más cine, por favor"

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Hace semanas que no voy al cine, ni falta que hace… Ahora es cuando los que me conocéis, estáis esperando que diga aquello tan manido de que la realidad supera a la ficción. Pues sin decirlo, dicho queda. En estos días, en que, además, no logro que atrape mi atención ninguna serie televisiva, ni el libro de turno que estoy leyendo, no tengo más remedio, que aterrizar, o, mejor “aparcar” (porque esto es para quedarse un buen rato), en el esperpento que rodea a nuestra actualidad más cercana. Si, por un momento, Valle-Inclán levantara la cabeza, estaría encantado de la vida de encontrar en esta "época" una fuente inagotable para su obra.

Lo que ocurrió ayer, vino a rescatarnos de las noticias de los últimos meses. Aunque, hay que hablar con propiedad: la noticia (en singular), es decir, el monógrafico de no sé qué máster que alguien que no hizo,  asegura que hizo. Te pones a desayunar y cada día asistes al enésimo capítulo del máster que nunca existió, o la tesis que dicen que el "presi" plagió. Hoy no toca hablar de plagios sonados, pero la mayoría tiene memoria... Hasta ahí puedo leer, como decía nuestra querida Mayra en el  Un, dos, tres....

Llegas a plantearte si le estarán haciendo un favor a quienes tenían previsto hacer uno en breve. Lo digo porque con el desprestigio que se está generando, casi que se ahorran una pasta (Y mucho sacrificio), para que luego llegue alguno y les diga que "eso ya no suma"… Creo que hoy tampoco toca hablar de másteres (Y no me corrijáis, que en plural, se dice así),  porque, si lo hago, esto, en vez de post, se convierte en una novela, y no es plan. Bueno, tampoco lo descarto, que ya se sabe que hoy día cualquiera es novelista, cantante, actor, etc...  ¡Fíjate, si, por un casual, mi novela se convierte en "best seller"(¡Qué odiosa expresión!), y algún productor decide llevarla al cine!!! Pues nada, oye, que yo encantada de la vida. De hecho, si "conectamos" bien, hasta le pediría un papelito, aunque si tuviera que elegirlo ahora mismo, no sabría por cuál decidirme.

Esa vocecilla que me acompaña por dentro, y que no se calla ni debajo del agua, me dice que esté tranquila, que hay tiempo aún de pensarlo.  Seguimos... hoy con el capítulo dos mil seiscientos quince del otro asunto por excelencia de la ¿actualidad? ¡Qué paradoja llamar actualidad a algo que ya no recordamos ni cuando empezó! Que, ya se sabe, que de tanto repetir una mentira, o una verdad a medias, se convierte en dogma, crea opinión y manipulación, y una gran mayoría, por desgracia, aún en este país, es muy manipulable. 

Al final, casi todo se resume en lo mismo: la tendencia al autobombo y a la vanidad, por encima de todo. La política, o lo que se entiende hoy día por ella y todo lo que la rodea, es el ejemplo de ello.  Asistimos a nuevos casos de corrupción (éste sí que es el "rayo que no cesa"), asqueados, pero pegados al televisor a ver “quién da más”, quién tiene la última hora, la última exclusiva sobre quién se ha pasado más pueblos, sin dejarnos apenas espacio a otras cosas en nuestras vidas. Rectifico, hasta ayer...

Ayer, martes 18 de septiembre de 2018, comparecía ante la Comisión de investigación  sobre la financiación del Partido Popular, en el Congreso de los Diputados, el ex presidente del gobierno, José María Aznar. Se vaticinaba el espectáculo, pero, ni en sus mejores sueños, los programas ¿Informativos?, con su espléndida mesa-debate, imaginaron lo que iba a dar de sí dicha comparecencia.

Ya suponíamos que el señor al que no se le mueve ni un solo pelo del bigote al hablar (ya sé que se lo afeitó hace tiempo, pero es la imagen que nuestra retina ha decidido guardar de él), intentaría también que no se le moviera un sólo músculo de la cara,  indicio de que pudiera mostrar algún tipo de emoción mientras respondía a las preguntas de los miembros de dicha Comisión. Para no faltar a la verdad, no respondió a lo que se le preguntaba, aunque SÍ llevaba la lección bien aprendiditaDisparó con bala, y hasta se permitió el insulto contra sus entrevistadores, que, también hay que decir, no se quedaron atrás, aunque, en muchos momentos no les faltara razón

Para momentos, el que supongo más difícil al Sr. Aznar, fue cuando se le preguntó si tenía algo que decir a los padres de José Couso, el cámara de Telecinco que murió como consecuencia del ataque de las tropas estadounidenses contra el hotel Palestina de Bagdad, en los primeros días de la invasión de Irak. Quince años y medio después, su familia sigue esperando justicia. Los hechos siguen sin esclarecerse, con el cierre del proceso legal, vinculado a la reforma de la justicia universal, implementada por el PP en 2014, que limita la capacidad de los jueces españoles de perseguir delitos cometidos fuera del territorio español. Sin embargo, suponemos que debido a un ataque agudo de amnesia, el Sr. Aznar afirmaba ayer con rotundidad que España no participó en la guerra de Irak. Yo le sugeriría, que él que puede, se ponga en manos de un buen especialista y se lo haga mirar. Como anticipo de la terapia, yo le recuerdo, y, sin cobrarle nada, que España, no sólo participó, sino que fue uno de los tres países que propició ese horror, que le reportó, entre otros balances trece muertos, entre ellos el mencionado Couso, el reportero Julio Anguita Parrado y once personas más, entre los que estaban soldados y miembros del CNI.

Parafraseando a él mismo, yo no le voy a decir: "Váyase, Sr. Aznar", sino, "Por favor, no vuelva, no vuelva nunca, ni de visita". La visita de ayer fue larga e intensa, tanto que se va a estar hablando de ella lo que queda de año, y posiblemente, parte del que viene. Las televisiones se frotan, desde ayer, las manos más que si se les hubiera aparecido la Virgen. La única explicación que se me ocurre es que,  como sigue sin tener un pelo de un tonto  (aunque  hacérselo, se le da de maravilla), en estos días previos, y viendo el revuelo que se ha líado, debió reflexionar, y, me apuesto lo que sea, que hasta sin consultar con sus asesores, decidió que ni la espontánea llamada de hora y media que la mismísima Pantoja hizo hace unos días a una televisión, iba a quitarle el protagonismo que él cree merecer. Al salir se permitió, incluso, algo insólito hasta la fecha: mientras soltaba a la prensa un "Me lo he pasado muy bien", SONRIÓ.  Fue entonces, cuando, dentro de mí saltaron todas las alarmas (como dicen los tertulianos de la tele) y me dije: "Hay que volver al cine enseguida".  Para ir haciendo boca, voy a empezar con "Duelo de titanes", y "La cortina de humo"!!!


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19/09/2018 15:36 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.


#NoEstamosPreparados? ¿Para qué?

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Cuando mi hijo iba a cumplir veinte años, no sabía muy bien qué regalarle. Entonces, cayó en mis manos una reseña de la biografía de Steve Jobs, que por esos días acababa de publicar Walter Isaacson.  Decidí irme de librerías una tarde, y aquello ya no era lo mismo. Me estoy refiriendo a que leer la reseña resultaba más liviano que sostener en mis manos el libro de marras, con sus setecientas treinta y siete páginas. Ya no estaba tan convencida de que fuese la mejor elección como regalo para un chico de esa edad. No obstante, comencé a hojearlo, abriéndolo al azar por distintas páginas. Esto fue lo primero que me encontré, y que me hizo decidirme y comprarlo:

“Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto. No quedes atrapado en el dogma, que es vivir como otros piensan que deberías vivir. No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición. Ellos ya saben de algún modo en qué quieres convertirte realmente. Todo lo demás es secundario”.

Ante tales sentencias, lo primero que se me vino a la cabeza era lo difícil que iba a ser la elección de la dedicatoria que escribiría para él en la primera página. Al final, y, aunque sienta algo de pudor, sólo puse:

“Para que no renuncies nunca a tus sueños, tal y como hizo Steve Jobs”

Aquel chico de veinte años leyó el libro, incluso en un tiempo record, teniendo en cuenta que sus estudios universitarios y el baloncesto no le dejaban mucho tiempo libre.  Estoy segura de que al leer aquella biografía, se le removieron muchas cosas por dentro. Quizá la primera, la que todos nos planteamos en algún momento, es la de sentir que nuestro tiempo aquí es limitado, y, por tanto, tenemos el derecho y el deber de no malgastarlo, viviendo, en muchas ocasiones, vidas que no nos corresponden. No deberíamos vivir como otros piensan que debemos vivir. No deberíamos dejar nunca que el ruido que emiten las opiniones de otros, acalle nuestra voz interior. No deberíamos…. Bla, bla, bla …

Y, sin embargo, lo hacemos. Lo hacemos cada día, a cada momento, y más desde que este overbooking ¿informativo? se ha apoderado de nosotros. En un mismo día estamos “bombardeados” por la inminente entrada en prisión del cuñado del rey, y todo lo que ello conlleva (“Hay que ver, se le ha rebajado la condena, a qué prisión irá, no cumplirá entera la pena…), la inesperada destitución del entrenador de la selección española de fútbol, a un día del inicio del mundial.   (“Anda, qué ha pasado? Nada, que le ha fichado el Madrid: tenía aún el puesto sin cubrir, desde que Zidane les dijo “hasta luego, Lucas”. Y, por la tarde, después de un intenso día de informaciones y declaraciones cruzadas, "que sí, que ahora sí que sí: dimite el nuevo ministro de Cultura y Deporte, el periodista y escritor Máxim Huerta, por unos líos que tuvo con Hacienda. (“Pero, hijo de mi vida y de mi corazón, si no le ha dado tiempo ni a familiarizarse con el despacho…)

En fin, y, mientras tanto, todos pendientes de los ¿movimientos? del nuevo gobierno (¿Pero se mueve algo?, I wonder), y todo el mundo, que se tira “en plancha” a las redes, con los chistecitos de turno (que algunos no están del todo mal, ojo!). Bajo el hashtag  #NoEstamosPreparados, empieza la “barra libre”, escribir como posesos, como si no hubiera un mañana, y como si se nos fuera la vida en ello.  Y, según esta humilde periodista, ciudadana (no confundir con el partido, please), mujer, y observadora permanente (que no de la ONU), he ahí el quid de la cuestión: ¿Dónde queda nuestra vida, nuestras inquietudes, nuestras intuiciones, nuestros sueños, entre tanto “berenjenal”? 

Aunque parezca que un periodista no debería decir esto, porque es “echarse piedras en su propio tejado”, lo hago. Hace ya tiempo que dejé de ser “políticamente correcta”.  Deberíamos cuidar más nuestra salud (sobre todo la mental), estando menos pendiente de “las noticias”, sobre todo de las que “nos quitan la vida”, y no debería entrecomillar nada, pues hay muchísima gente, pero muchísisima (que diría el añorado Papuchi), a la que este tipo de cosas se la quita de verdad, pero de verdad de la buena, como decíamos de pequeños. Y, como no quiero ser “pesada”, os dejo por hoy con otra frase de Steve Jobs: “Inventemos el mañana en lugar de preocuparnos sobre qué ocurrió ayer”.

Me encantaría que por una vez, alguien me hiciera un poquito de caso. Urdangarín, Lopetegui y Huerta son, ya el “ayer”. El mañana es, por ejemplo, la llegada a Valencia de los seiscientas veintinueve personas rescatadas del “Aquarius”, y la esperanza de una vida digna. El mañana es también ir teniendo ese coraje para empezar a hacer lo que nos dicen nuestro corazón y nuestra intuición. Como decía Jobs, “todo lo demás es secundario”.

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14/06/2018 20:14 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

“Yo inventé las redes sociales” (según mi hermano)

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Nuestro día a día alberga gestos y rutinas que jamás hubiéramos imaginado hace sólo unos años: ponernos frente a un ordenador o, incluso, un teléfono móvil, y tener, casi, el mundo entero a nuestro alcance. Podemos establecer contacto al instante con cualquier ser humano en cualquier lugar del mundo, incluso, viéndole la cara. En otras palabras, lo que viene a ser aquello que hace tiempo nos prometían, y no acabábamos de creer: una completa interacción.  ¡Vamos, como un vis a vis, pero virtual!  Por cierto, esta curiosidad mía, no sé si malsana, que me abduce por momentos, me lleva al diccionario de la RAE, y, lejos de aclararme, me deja sumida en la más absoluta perplejidad.

Virtual: “ dícese de lo que es muy posible que se alcance o se realice, porque reúne las características precisas”.

Dícese también de lo que solamente existe de forma aparente y no es real”.

Si no es real del todo, entonces ¿Qué estamos haciendo? (I wonder). Ahora mismo no tengo la respuesta, pero sí os puedo decir que, en ocasiones, estamos dejando de vivir, de VIVIR en mayúsculas, de tener esa magia que da el contacto directo, o habría que decir en directo. No confundir nunca con el diferido (ese es un campo que tiene, casi patentado, Mari Cospe). Volvamos al asunto que nos ocupa, como diría un tertuliano de las mañanas, que empiezo a “dispersarme”, como todos ellos (y eso que hace tiempo que dejé de verlos)

Recuerdo (iba a decir con una sonrisa, pero no es justo), con una enorme carcajada interior, si es que eso es posible, que alguien muy cercano me dijo en cierta ocasión en una de nuestras interminables, y cada vez más espaciadas, charlas telefónicas, recordando anécdotas de hace casi un siglo, “claro, si ya lo decía yo, tú inventaste las redes sociales, titi, eres una precursora de toda esta movida”. Y yo, al principio, preguntándome qué le pasa a mi hermano pequeño/alma gemela, y, tan sólo un segundo después, tras la explosión de saludables carcajadas por ambas partes, soltarle un sincero: “Oye, pues sabes que vas a tener razón?" Y es que, por aquel entonces, el tiempo al que aludía mi querido hermano, yo trabajaba en una empresa de las del siglo pasado, que bien podría haber sido del siglo XIX, es decir, del siglo anterior al siglo pasado (creo a pies juntillas que algunos decimonónicos, sin duda, fueron más modernos). Aunque desaparecida hace ya muchos años, y vendida a una multinacional, como era costumbre, no daré más pistas. Yo trabajaba como administrativa en un ambiente que podría calificarse de castrense, y, además era mi primer empleo, porque en casa éramos cinco y hacía mucha falta una ayuda. No voy a describir las condiciones de trabajo, y sueldo (que valdría la pena, para ilustrar muchas de las cosas que estamos volviendo a vivir hoy día, tantos años después, cuando ya nada parecía que “aquello” pudiese volver). Hoy sólo diré que por “aquello” entiéndase una tiranía, salvando las distancias, pero comparable en muchos aspectos a la por aquel entonces famosa serie de televisión “Raíces”, basada en la obra de Alex Haley, y cuyo protagonista era alguien llamado Kunta Kinte. Aunque no entraré en detalles, serán muy pocos a los que no les suene este nombre, que se hizo “viral” en muy poco tiempo en todo el globo, aunque entonces nadie pronunciara este vocablo, y mucho menos, supiera qué significado encerraba.

Pero volvamos a aquella chica de 17 años, soñadora y con cara de póker, cuando aquellos jefes que parecían de otro mundo, porque ni se les entendía cuando hablaban (perdón: gritaban), y le ordenaban que se ausentase de su puesto y “cubriese” a la telefonista de la centralita de la empresa".

Sí, lo habéis adivinado, aquélla era una centralita como las que salen en la exitosa serie, protagonizada por Blanca Suárez, “Las chicas del cable”, y yo, horrorrrrr, no tenía ni idea de cómo se usaba. Te sentaban allí, y en un momento tenías que averiguar qué clavija coger y en qué agujero debía introducirse. Aquello era un caos, añadido al que yo creaba cada vez que me ponían al frente. Cambiaba los destinatarios de las comunicaciones, las llamadas que me encargaban al exterior casi siempre acababan en otro departamento, con lo que ya imagináis las broncas que me llovían, pero, después de algún tiempo, y, siempre como sustituta de la titular en momentos de necesidad, acabé por ver la parte cómica de todo aquello, y reirme hacía dentro, como hasta entonces nunca lo había hecho.

Llegó el verano, y aquello ya estaba casi bajo control. Lo malo, o lo bueno, según se mire, es que el tiempo de permanencia en aquella centralita del año de la polca ya no se limitó a las dos horas que se ausentaba la telefonista para ir al médico, o el día que se ausentaba por enfermedad. Tenía un mes por delante, el mismo en que aquella chica morena de Cuenca volvía a su pueblo por vacaciones, un mes entero!!! Sí, porque en aquel entonces, el mes de vacaciones se cogía enterito, y eran “lentejas”, sí ó sí.  Entretanto, en aquellos días de agosto, interminables, tediosos y, a la sazón, sin aire acondicionado (que no estoy muy segura si ya se había inventado), sólo cabía dejar volar un poco la imaginación para no claudicar. 

Antes de seguir, debo aclarar a las generaciones posteriores, que en aquel momento no había adsl, tarifa plana, ni nada que se le pareciera, y una conferencia costaba un “ojo de la cara”. Bueno, quizá sea oportuno que aclare el término “conferencia”. Aquí no me estoy refiriendo a la “disertación o exposición en público de un tema”. Aquí cuando mencione la palabra “conferencia” se refiere a la comunicación telefónica entre dos ciudades del mismo país, o llamar al extranjero (aunque ése, de momento, no va a ser el caso que nos ocupa).

Conforme avanzaba el mes, la actividad telefónica iba en descenso, y, además aquellos jefes estaban de vacaciones en su pueblo, sólo diré en el norte de España. En casa, a la hora de la cena, tanto mis padres como mis hermanos me preguntaban por mis progresos en el mundo del cable, y yo, lejos de agriarles la cena, siempre lograba darle la vuelta a las situaciones que vivía y hacerles reir. En una de esas cenas, comenté que en esos días toda la tensión inicial se había tornado en aburrimiento, pues apenas había comunicaciones, ni de entrada ni de salida, ya que gran parte del personal también estaba de vacaciones. Y fue mi madre la que me sugirió un buen día, con toda su ingenuidad, que podía “aprovechar algún tiempo muerto”, y llamar a su familia de Bilbao, Valencia, o Mallorca, para ver cómo estaban, ya que las llamadas de larga distancia, o “conferencias” no estaban al alcance de la gente humilde, que casi no llegaba a fin de mes (bueno, como ahora, aunque ahora, no me equivoco si afirmo que mucho peor).  Ahí se quedó la cosa, pero una mañana en que en aquella oficina, que más que oficina parecía el cuartel general de la Gestapo, estaba más solitaria y silenciosa de lo normal, me propuse llevar a la práctica la sugerencia de mi madre, pero al momento de empezar a marcar el 971, prefijo de las islas baleares, se me ocurrió todo, y, sin pensarlo ni un segundo, algo dentro de mí me dijo: “Adelante, esto va a ser el experimento del siglo”. Cuando escuché la voz de una de las primas de mi madre al otro lado, ya fallecida, la saludé y charlé animadamente con ella, pero, tras unos minutos, la interrumpí para decirle que aquello no era sólo una llamada: iba a darle una sorpresa.  Ahora que lo pienso, también fui, sin saberlo entonces, la precursora del programa “Sorpresa, sorpresa”, pero sin necesidad de cámaras de televisión, ni guionistas, ni platós gigantes, ni nada de eso. Inmediatamente marqué un número de Bilbao y procedí con mi interlocutora del mismo modo, diciéndole que todos estábamos bien, y que se mantuviera un momento a la espera. Por último, marqué un número de Valencia, y ya estábamos todos, o casi todos. En aquel momento, sentí el típico nudo en el estómago de estar haciendo una travesura, pero con la emoción de que podía convertirse en algo más, un momento mágico, único e irrepetible. Cuando mi dedo sacara cada clavija de su sitio, y el botón de abajo correspondiente a cada línea, quedara liberado, aquellas tres personas, cada una en un punto de la geografía española, y, en este caso, servidora, como “testigo de excepción” (que no “de cargo”), podrían hablar entre sí y asistir a un momento “histórico” en sus vidas.

Creo que ahí nació también mi vocación de “moderadora de debates”, que muchos años después, ejercí en la televisión. Al principio fue un caos, y nadie se entendía ni sabía lo que estaba pasando. Tuve que intervenir, explicarles que estábamos en comunicación todos, los cuatro, y que podían hablar unos con otros, intentando no pisarse. Creo que en aquel momento nunca entendieron cómo era posible aquella gesta, pero no les importó y apostaron por disfrutar de la oportunidad que se les brindaba.

Cuando llegué a casa y lo conté, todos nos reímos de buena gana, pero con una alegría sana de que un propósito se había cumplido y con una comunicación conjunta, algo impensable.

Años después, cuando mi hermano y yo recordábamos aquellos lejanos años en que él era un crío deseoso de que su hermana mayor llegara del trabajo y le contara sus batallitas, me soltó aquello de “Aunque no te diste cuenta entonces, tú inventaste las redes sociales, titi”. Obviamente, creo que no inventé nada, pero lo que sí puedo deciros es que vivíamos el día a día con mucha más intensidad que ahora, y todo parecía más de verdad, menos ficticio. Aquello de que la realidad supera a la ficción es cierto, pero lo que no es de recibo es que la ficción, lo virtual, lo digital, lo tecnológico nos supere a nosotros, o se erija, casi siempre, en la única realidad que vivimos.

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"Está la cosa muy mala" (hoy, sin ti, un poco peor)

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Alguien dijo una vez que todos al nacer ya sabemos llorar, pero necesitamos aprender a reir.  Y al mismísimo Mark Twain se le oyó decir muchas veces que la risa es el arma absolutamente eficaz con que cuenta la raza humana. ¿Te has preguntado últimamente cuántas veces al día te ríes?  Tal vez en los últimos tiempos, y, a pesar de saber que es una de las mejores medicinas a nuestro alcance,  gratis, y tiene hasta poder sanador, no es de los “deportes” que más practicamos?

Él sí, hizo de la risa un arte en mayúsculas, aunque, en realidad, en un principio no fue su objetivo en la vida. Cuando algo es innato en la persona, no puede convertirlo en su meta, porque ya lo lleva dentro, ya forma parte de su adn, de su esencia, o como queramos decirlo.

Él era cantaor, sí, cantaor, sin la “d”, y, aunque no creo que haga falta la traducción, por si acaso, el vocablo alude al cantante de flamenco. Fue con tan solo ocho años cuando se subió a un escenario a demostrarlo, y, desde ese momento el niño Gregorio quedaría unido hasta su muerte, en el día de hoy, a ese otro sobrenombre, que con sólo oírlo pronunciar, ha iluminado el rostro de tantos a lo largo de más de dos décadas. Chiquito de la Calzada, tan chiquito, y tan grande a la vez, acaba de irse, dejándonos algo más huérfanos de risa.

Antes de convertirse en el singular personaje mediático que llegó a ser, ya había pisado algunos de los mejores teatros de Madrid, en su faceta de cantaor, y hasta llegó a vivir un tiempo en Japón. Sin embargo, un buen día de 1994 aparece en pantalla un señor calvo y bajito, y ya entrado en años, y España se queda “pegada al sillón”, primero ojiplática, y después, muerta de risa. Sin darse cuenta, con sus saltitos, sus vocablos, insólitos, y surrealistas, se convierten, de la noche a la mañana, en una especie de lenguaje alternativo, al que no se resiste nadie. Hubo un tiempo en el que se decía que el rey Juan Carlos era uno de sus mejores imitadores.

Quien escribe estas líneas, aún recuerda, cuando iba al mercado con su madre y asistir al compadreo entre los tenderos, al grito, de “te das cuén…”, “vaya pedazo de fistro que estás hecho”,  “Juliánnnn… no digas más guarreridas españolas a estas horas de la mañana, que hay señoritas delante”, o el inmortal “hasta luego, Lucas”, para despedir a cualquiera. Te montabas en el metro y todo el mundo con lo mismo, entrabas en el bar y no es que oyeras a nadie contar sus chistes (eso era tarea imposible), sino que en multitud de conversaciones cruzadas se alzaba el “¿Cómorr?”, cuando alguien no se enteraba bien de algo, o las risas al unísono al grito de alguien que al ver aparecer por la puerta al que faltaba del grupo, soltaba el consabido “Cobarderr”, y el susodicho entraba agarrándose la cadera derecha, como si tuviera un ataque de lumbalgia, mientras les contestaba convincente: “No puedo, no puedo, no puedo….”

Genial Chiquito de la Calzada, mi “chiquito”, el de tanta gente, no por ser el mejor contador de chistes, no (que también), no por tener la gracia “por arrobas” (como dicen, o se decía, en muchas provincias andaluzas). Sin saberlo, fue el inventor de un idioma paralelo, que, después de casi un cuarto de siglo después, aún sigue vivo.

He de confesaros que me he reído mucho con él, que gracias a sus frases dicharacheras, sus refranillos, sus gestos y algo que no se puede explicar: ayudó a unir generaciones, y a que, algunos que rieron mucho con él, cuando ya casi no recordaban nada de su propia vida, se les iluminara el rostro con una sonrisa deslumbrante al ponerles delante un vídeo con alguna de sus actuaciones.

Me pregunto cómo nos habrías contado todo lo que está pasando en nuestro país en estos últimos meses. Tú, tan experto en estas lides, ¿Qué vocablos habrías utilizado para dirigirte a situaciones y personajes tan esperpénticos, como los que vemos desfilar en el “bucle” que nos ofrecen la radio, la televisión y la prensa escrita? Ya sé que son sólo conjeturas, y no va a ser posible, pero de lo que estoy segura es de que sería la única forma de que pudiéramos ya poner un poco de atención a tanto absurdo.  Gracias por tanto, Chiquito, no hace falta haber sido fan incondicional tuyo para dártelas: has arrancado miles de carcajadas,  y sonrisas que resplandecían en quien jamás lo habríamos imaginado. Gracias por tanto!!! Cómo tú decías: "Está la cosa muy mala", pero al oírtelo decir de esa manera, le dabas la vuelta y se nos olvidaba.

Intentaremos recuperar esa risa, que tanta falta nos hace, recordando tu alegría innata, tu forma de moverte, de andar, y de soltar palabras inventadas como si fuera lo más natural del mundo. Y, sobre todo, intentaremos no olvidar que ese "chiquito" que resultó tan "GRANDE", además, fue un gran ejemplo de humildad. ¡Feliz viaje!

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“Un bufón en la corte del rey Arturo”

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Dicen que en estos días veraniegos (aunque en algunas ciudades vayan con chaqueta y bufanda, a primera hora de la mañana) no se consume tanta televisión. No sé yo, no sé… Algunos la encienden dos minutos antes de las noticias de mediodía, aunque muchos se excusen en que es por ver el tiempo, y, “ya que estamos”, los titulares…

¡Cuidado con los titulares, que son más nocivos de lo que parecen a priori! Amén de los espantosos sucesos que aparecen cada día en pantalla con la misma normalidad que al rato se exhibe el último anuncio de refrescos light, hay imágenes que pueden herir la sensibilidad del espectador. La pesadilla de volver a ver en pantalla un primer plano de Arturo Fernández (no confundir con el actor asturiano) no tiene nombre. Eso se avisa, y más si es antes de comer.

Por cierto, este señor debería haber sido “popular, conocido” por haber “dado de comer” a muchos trabajadores de este país. A modo de recordatorio, podemos citar, entre muchos otros, a los empleados de Televisión Española, a los del Congreso de los Diputados, a los de la Asamblea de Madrid, de Ifema, Telefónica, algunos Ministerios …  etc… Pero no, su notoriedad en los últimos cuatros años viene dada por noticias de las que nadie querría ser protagonizar.

El que fuera presidente de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid, presidente de CEIM (la Confederación de empresarios madrileños), y vicepresidente de la CEOE (la patronal de empresarios de toda España), parece “encantado de la vida” de saltar de nuevo a la primera plana. Ahora dicen que Arturo, el invencible Arturo, podría perder su casa de Madrid, o quizá, también otra que tiene en Andalucía, que le sirve de descanso. Aunque yo no me preocuparía, porque si este señor transmite algo, es la imagen de alguien bien descansado (recuerden que, aún teniendo las propia, se echaba la siesta en casas ajenas).

Este “señor” ha estado siempre muy bien alimentado, que, para eso era el dueño de un imperio  hostelero donde casi no se ponía el sol, y no necesitaba pagar para comer, pero, aún así, era un señor como deben ser los señores, y él pagaba en sus restaurantes. Eso sí, pagaba con una tarjeta llamada black, que en castellano quiere decir negra. Ése podría ser otro de los adjetivos que cuadran con la trayectoria (¿O, podríamos decir, vivencias, que queda más literario?) de este personaje, que parece sacado del “Lazarillo de Tormes”. Todo lo que le rodea siempre, parece algo “oscuro”, aunque él vive en su propio mundo y dice que no hay nadie más transparente.

El señor regordete y bajito, con pinta de campechano, vuelve a ser noticia por no pagar los créditos concedidos por una empresa de capital público, bajo los mandatos de Esperanza Aguirre e Ignacio González, ambos ex presidentes del gobierno de la comunidad  de Madrid. Traducido, para que se entienda bien:  el dinero de los madrileños.  Lo que más rabia me da, querido Arturo, es que no se te haya "pegado" nada de la oratoria de tu compañera de pupitre. Supongo que en aquellos lejanos días la llamarías Espe, o Esperancita.   Es insufrible que alguien que ha ostentado esos cargos, que se ha relacionado al más alto nivel, tenga menos facilidad de palabra que Toño Sanchís, y ya es decir…

Y ya, el colmo de los colmos, es que incluso haya estado en boca de todos por su presunta implicación en un importante caso de desvío de fondos en cursos de formación. ¡Hombre, lo primero es invertir en uno mismo!  ¿Qué te habría costado aprender algo de gramática y, dar alguna "patadita" menos al diccionario? Nada, y, nunca mejor dicho. ¡Vamos, que te habría salido gratis.

Sin embargo, hace un mes, cuando el juez de la Audiencia Nacional, Eloy Velasco, lo sometió a un duro interrogatorio sobre su posible implicación en la Púnica por haber financiado, presuntamente, al PP de Madrid, a cambio de conseguir la concesión del servicio de cafetería y restaurante del parlamento autonómico de esa comunidad, Arturo Fernández, impávido, respondió que, por aquel entonces, él “estaba de moda, y era cuestión de prestigio", aunque ya se sabía de antemano que la cafetería de la Asamblea daba pérdidas.

El pequeño “rey Arturo” y sus caballeros de la Tabla Redonda, han estado “de moda” demasiado tiempo, pero muchos ciudadanos le dirían hoy que no les gusta nada, esa “moda” de no pagar a sus empleados las nóminas de un montón de meses. En aquel momento, muchos de ellos quizá podrían “ir a la moda” (ellos y sus hijos), porque no tenían nada que llevarse a la boca, y así, volverían a ponerse la ropa que se les hubiera quedado pequeña. A algunos, incluso, se les registraba a la salida de sus centros de trabajo, para ver si escondían comida para llevar a sus casas. ¡Sí señor, sí! ¡Así eran las cosas, pero así nadie se las ha contado!

Señor Fernández, aunque su perfil no es el que hoy día se da en llamar el de un “influencer”, la realidad, como ya sabemos, supera a la ficción, y siempre habrá alguien que se mire en usted, para crear tendencia. En cualquier caso, si va a seguir saliendo en la tele, yo le sugeriría pasar por “Cámbiame”, y ya puestos, con su nueva imagen, hacese un 2x1. De este modo, tal vez los productores televisivos puedan ver su perfil como el fichaje estrella para la próxima edición de “Supervivientes”. ¿Quién sabe si no es, incluso, uno de los pocos sueños que le quedan por cumplir en su vida?  ¡¡¡Allí sí que podría “matar dos pájaros de un tiro”!!! Vamos, quien dice dos, dice unos cuantos… Además de volver más esbelto que el mismísimo Juan Miguel, tendría tiempo para trabajarse como persona, mientras vive con lo básico, no gasta nada en efectivo, ni en tarjetas black (que allí no las aceptan), no dimite (ni en directo, y menos aún en diferido). No piensa en nuevos concursos de acreedores (sólo en dar juego en "su concurso", ni en siestas en chalés del Viso, ni en nada que le cause dolor de cabeza.

Le auguro inolvidables siestas bajo las palmeras, y un bronceado espectacular si consigue estar los tres meses. Y, quizá, aunque no se lo proponga, puede que, cuando, alguna mañana se dé cuenta de que allí “pescar” no es tan fácil, se acuerde de su pasado más reciente, y consigamos ver, ¿su lado humano? Lo peor, no quiero ni pensarlo: cómo van a sobrellevarlo sus posibles compañeros de supervivencia…  Pero, como dijo Mark Twain en su inolvidable “Un yankee en la corte del rey Arturo”:  “No te puedes fiar de los ojos cuando tienes la imaginación desenfocada”

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11/07/2017 18:25 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

Las víctimas silenciosas

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Aunque, por desgracia, nos hemos acostumbrado a escucharlos diariamente en las noticias, y más de una vez al día, hace relativamente pocos años que los términos “violencia de género” ó “violencia machista”, fueron acuñados. Escandaliza darse cuenta en estos momentos que tampoco hace tanto tiempo en que esto era considerado  "sólo un problema de puertas para adentro", "un asunto de cada pareja", y, no de la sociedad. Eran habituales las conversaciones entre los vecinos, que, a veces, escuchaban peleas y golpes a través de las paredes “de papel de fumar”, de algunas viviendas, y al día siguiente lo comentaban en el portal ó comprando el pan, como si tal cosa: “Yo estuve a punto de llamar a la puerta, pero uno no puede meterse en temas de pareja, son cosas muy delicadas”, ó “Déjate tú, que, por menos de nada, te ves metido en un lío de tres pares de narices”. Siempre quedaba encima el comentario de una de las vecinas más veteranas de la comunidad: “Ya  ¿pero no creéis que algún día va a pasar algo gordo, y entonces ya será tarde?”

Lamentablemente, esas previsiones se han cumplido ya demasiadas veces, y costó mucho dar visibilidad social al drama, y que fuera considerado uno de los principales problemas que sufre nuestra sociedad. Era intolerable esa violencia indiscriminada hacia las mujeres por el mero hecho de su condición como tales.

En los últimos años,  en los que gobiernos de un lado y de otro han “hecho ver” que se estaba “haciendo mucho”, nadie entiende qué está pasando en realidad cuando muchas veces los informativos de televisión ya no tienen tiempo para contar tantos casos de crueldad contra las mujeres, y tantos de corrupción. No es un chiste, pero, de hecho, algunos días, podrían hacerse telediarios “monográficos” con uno u otro asunto.

Esta mañana, mientras desayunaba, estaban abordando el drama en uno de los programas matinales, dado el aumento de casos con trágico final en los últimos días. En la imagen, podíamos ver, a la derecha de la reportera a una joven, que lidera un colectivo recién constituído con el nombre “Avanza sin miedo”. La iniciativa ha surgido de esta chica que acaba de cumplir su mayoría de edad, y se ha propuesto ayudar a las víctimas más jóvenes. Me era casi imposible seguir mordisqueando la tostada mientras leía el sobrecogedor rótulo sobreimpresionado en pantalla: “LAS VÍCTIMAS SILENCIOSAS”: un juez la obligó a vivir con su padre a pesar de ser un maltratador. Patricia Fernández es una mujer muy joven, y con un coraje digno de admiración: “El problema es que los menores no tienen representación alguna y no  pueden pedir ayuda directamente. Al cumplir la mayoría de edad, me animó a dar el salto y fundar la asociación", recordaba.

En el caso de Patricia el maltratador fue su propio padre, que primero lo había sido de su madre, pero lo terrible es que aumenta año tras año el número de chicas maltratadas por su novio, pareja, ex, o, incluso amigos. No puedo relatar lo que he sentido en más de una ocasión, al presenciar en la calle cómo un “gallito” de 17 ó 18 años iba insultando a la chica que llevaba al lado, que, la mayoría de las veces, y por paradójico que resulte a estas alturas, reaccionan como si fuera lo más normal del mundo.  A veces he pensado por un instante, que debían haberme metido en la máquina del tiempo y trasladado a principios del siglo XX. No, chicas, NO, no lo permitáis, no le pertenecéis a nadie, y nadie os puede obligar cómo debéis ir ó no vestidas, o que les enseñéis vuestro móvil a cada momento a esa persona que se supone que os quiere, y que no es más que un inseguro y desconfíado. Es un momento de vuestras vidas que no merece ser vivido así. ¡Por Dios, no permitáis que un tirano decida como teneis que vivir!

Hace muchos años, tuve la oportunidad de ver un caso muy cercano, y gracias a todos los que pudimos echar una mano en aquel momento, aunque costó lo suyo, hoy día, afortunadamente, aquella ingenua adolescente de 16 años no es una más de las mujeres asesinadas por su entonces primer novio, y que vemos en las noticias prácticamente a diario.

A la izquierda de la reportera, responde al micrófono que ésta sujeta, Marisol Ortiz, la madre de Eliana, de 27 años, que fue asesinada hace tres semanas en su casa de Madrid. Después del drama, viene el otro: Eliana ha dejado dos niños huérfanos de 3 y 8 años, que fueron llevados a un centro de acogida, y cuya tutela ahora reclama su abuela Marisol. Está bien que, en un principio y hasta saber la situación familiar los niños no queden desamparados, pero resultaba desgarrador esta mañana, escuchar de boca de la propia Marisol, que se le “cae el alma a los pies”, cuando los niños se abrazan a ella y le gritan que quieren volver a su casa. Ésta sigue siendo la burocracia española, la del “Vuelva usted mañana” de Larra en el siglo XIX.

Claro que hay mucho por hacer, pero sería importante que  las instituciones “sociales” no añadan más leña al fuego. Recordemos que están para ayudar, no para agrandar el problema.

Y, aunque suele alcanzar mucho más eco la agresión física, alcemos todos nuestra voz contundente: “Ni golpes que duelan, ni palabras que hieran”. Por favor, basta ya, y no lo grito por ser mujer. ¡Basta ya a cualquier tipo de maltrato, acoso, o terrorismo!

 

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31/05/2017 22:00 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"To VIP or (simplemente) not to be"

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Salgo de ver el documental “Nacido en Siria”. Aquí no sale nadie VIP, aunque eso ya lo sabía antes de ir. Agradezco en mi rostro el aire fresco de la noche, aunque no sea suficiente para que mi cerebro logre arrinconar tantas imágenes de dolor como ha registrado en hora y media.

Aunque no sea necesario aclararlo, el término VIP proviene de las siglas en inglés correspondientes a los vocablos “very important person”, o lo que es lo mismo “persona muy importante”. Un paso rápido por el diccionario nos recuerda el significado de esta última palabra:  “lo que tiene importancia o relevancia por su valor, magnitud, influencia u otras características”.

Ahí parece estar la clave: ¿A quién le importa lo que les pase a todas estas personas que han tenido que huir de su país porque los bombardeos lo han dejado como un solar? Es conveniente recordar que a muchos no les ha dado tiempo a hacerlo, porque les han matado las bombas de unos y de otros antes; es conveniente recordar, también, como hace este documental, que muchas de estas personas son niños que han dejado de serlo de un día para otro. Muchos de ellos, paradójicamente, y, aunque de corta edad, son los que cuidan de uno de sus padres, herido ó enfermo, o las dos cosas juntas, a la vez intentan reunirse con los pocos miembros de la familia que aún están vivos, y miran a todo con los ojos muy abiertos, con los ojos de quien quiere despertarse ya y ver que todo era una horrible pesadilla.

Pero no, la pesadilla lo es. Es pesadilla, pero, además es de verdad, porque el poco rato que duermen vuelve a ellos una y otra vez. Los testimonios que vemos pasar en la pantalla son espeluznantes: estoy sentada en el auditorio junto a dos señoras que, en muchos momentos se tapan los ojos, y, aunque normalmente la gente no habla en el cine, esto no es el cine, aunque haya pantalla y butacas. El auditorio está lleno, pero muchos de los que están allí no pueden frenar la emoción que les embarga a través de algunas exclamaciones, como: ¡Qué horror! ¡Qué pena de criaturas! ¿Cómo se puede consentir esto a estas alturas?

Tras la proyección, asisto a una mesa redonda en la que participan miembros de una organización, que, sin ningún tipo de infraestructura, decidieron hace unos meses que algo tenían que hacer, y claro que lo han hecho. Han logrado “despertar” a muchos ciudadanos de ese letargo en el que llevamos tanto tiempo sumidos, y con mucho trabajo, y sobre todo esfuerzo y voluntad, han conseguido gracias a la solidaridad de muchos ciudadanos sensibles, llevar a una especie de campo en Grecia donde permanecen hacinados casi 60.000 personas, una gran partida de alimentos básicos, artículos de higiene y pañales.

Cojo el bus de regreso a casa y en mis oídos aún resuenan los testimonios de Jesús y Ricardo, de “Móstoles sin fronteras”, que vivieron ese viaje a Grecia, y han contado en primera persona algo de lo que han visto. Uno de ellos, tras relatar la desolación de cómo están, y de que, nada indica que vaya a ir a mejor, sino todo lo contrario, se emociona mientras dice que no entiende cómo algunos niños aún sonríen. “Es mágico ver allí una sonrisa. Toda una lección para nosotros, que casi no podemos controlar las emociones, y con la tranquilidad de que unos días estaremos en casa”, asegura.

Finalmente, yo también he llegado a la mía. Mientras voy a quitarme la ropa y ponerme algo más cómodo, ya he decidido que no voy a cenar: tengo el estómago encogido y no puedo quitarme de la cabeza el dolor inhumano que los niños han relatado con un realismo sobrecogedor.

Cojo un libro y me siento, pero tampoco soy capaz de concentrarme en la lectura, y acabo poniendo la tele, algo que últimamente no practico mucho. Empiezo a hacer zapping: películas empezadas, concursos que repiten: tanta opción y tan poca “chicha”. De repente, mientras mi dedo pulsa repetidamente el botón del mando, veo una imagen que me llama la atención, y me detengo ahí.

Es ella, ahí está omnipresente, omnipotente, presente, prepotente, pero con disfraz de cordero esta noche. Sus lágrimas de cocodrilo en un primer plano estimulan mi curiosidad, y anestesian momentáneamnete el dolor por lo vivido hace un rato.

Es Aída Nízar, sí, aquella que fue a Gran Hermano hace mil años, y tras sólo una semana en el concurso lo rentabilizó como nadie. Aquella chica morena, que hablaba en tercera persona de ella misma, y decía que era descendiente de la familia real de Jordania, aterrizó en algunos programas, de los que no salió al final muy bien parada. Su incontinencia verbal no dejaba títere sin cabeza, llegando incluso al insulto. Fue despedida una vez, y, aunque anduvo en televisiones locales y hasta en los tremendos “call tv’s” de madrugada, consiguió volver a la primera división.

El nombre de su sección (“Sálvese quien pueda”), para el polémico y exitoso “Sálvame”, de Telecinco era ya en sí mismo un augurio de cómo podían acaban las cosas. Al final, no se salvó ni el tato, y la cadena de Fuencarral la puso de patitas en la calle por segunda vez. Pero ahí está de nuevo, sin responder a una sola de las preguntas del presentador, con el que, por cierto, estuvo también años enfrentada, y marcándose un monólogo que ríete tú de los del malogrado Fidel.

De repente y ante el rótulo que leo en pantalla, salgo de mi estado de semianestesia, y no doy crédito a lo que oigo. Ella cuenta, llorando a moco tendido, que no sabe cómo ha podido sobrevivir a los casi cuatro años en que ha estado apartada de la televisión. Lo ha pasado fatal, la vida no tenía ningún sentido para ella, llegó incluso a renunciar al amor de su vida por volver a tener una oportunidad. Pero, sobre todo, (por favor, que conste en acta): Ella ha nacido para comunicar, para trabajar haciendo programas de denuncia social, porque lo suyo es “ayudar a la gente”. Llega incluso a insinuar que estaba ya al límite y no sabe lo que hubiera podido hacer. Aquí ya llega un momento en que estoy a punto de perder el conocimiento, la razón, la paciencia, o todo a la vez. Con esas cosas no se juega, Srta. Nízar. Puedo imaginar cómo se habrán sentido al escucharla miles de personas con problemas de verdad (de los que usted no tiene ni idea, aunque llegó a tener la insolencia de asegurar que al perder su sección hace cuatro años, alguien también habrá perdido su casa, ya que ella no estaba allí para denunciarlo y ayudar.

 Ahora que tiene tratamiento de VIP, porque ha entrado en la casa de Gran Hermano VIP, ganándose la enemistad de todos y cada uno de los habitantes desde el minuto uno, podría aprovechar y hacerse uno de esos viajecitos por el mundo, a los que es tan aficionada. Ahí va una sugerencia: podría visitar Jordania, por ejemplo, ya que su padre nació allí, y usted es mitad jordana, habla árabe, y se desenvuelve como pez en el agua. ¿Ha pensado, Srta. Nízar, que, quizá, podría hacer su sección de denuncia social, casi en plan periodismo de investigación? Sí, como lo oye. Muchos de los sirios que han salido huyendo de su masacrado país, se han refugiado en la vecina Jordania. Intente averiguar cómo se encuentran, qué necesitan, cómo es su día a día, y si tiene usted tanta vocación de ayudar, de denunciar las injusticias, podría utilizar sus relaciones de parentesco con las altas esferas y así, intentar que, por una vez, y sin que sirva de precedente, alguien dispense una consideración a estas personas, a estos niños que lo han perdido todo, y consigan ser, sino directamente vips, importantes para alguien, o, simplemente, "SER".  Otra cosa:  no creo, que de momento, aunque usted se ponga con el megáfono a vociferar su último slogan, ninguno de ellos, vaya a “adorar su vida”, como por arte de magia. Creo que llevará un tiempecito, o quizá es usted también maga, y consigue hacer un milagro. ¡No sabe cuánto me alegraría!

¡Ah! Una última cosita. Ya, ya sé que soy muy pesada. Debo reconocer que es en lo único que nos parecemos, o quizá no. Yo también nací para comunicar, yo también he trabajado en televisión muchos años, donde he sido muy querida por los espectadores, por cierto, durante mucho tiempo en programas de denuncia social, que me han traído muchas alegrías al ver cómo se conseguía una labor de servicio púbico, a la cual respondían Ayuntamientos e Instituciones, comprometiéndose a solventar lo que se denunciaba. Señorita Nízar, yo también llevo tiempo intentando volver a la televisión, pero, si no vuelvo, tampoco pasa nada. Como cantara hace años Rosa León en “Cuenta conmigo”, adaptación de Víctor Manuel de la letra de Chris de Burg: 

Hay tanto por hacer…

Hay tanto que aprender…

Hay tanto que cambiar…

Cuenta conmigo ….        

                                          ... “Para lo que de verdad importa”

 

Acuñemos una nueva acepción de VIP:  “Vive intensamente participar”

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Niños que viven el horror sin Halloween

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Hace tiempo que el terror está de moda. Ya sé que es tremendo lo que acabo de escribir, pero es completamente cierto, y, además, hace “doblete”. Desgraciadamente, en la actualidad, una de las palabras más utilizadas, tanto en el lenguaje verbal como escrito, es “terrorismo”. Creo que a estas alturas, no hace falta dar detalles de cómo los “actos de violencia que se ejecutan contra la población para infundir terror” afectan a toda la humanidad.

Por otra parte, dentro de la ficción, principalmente en la literatura y el cine, el terror siempre ha sido una apuesta de éxito.  ¡Y no digamos ya estos días con las celebraciones de Halloween!   ¿Es verdad que a tanta gente le gusta pasar miedo?  No voy a decir que no, porque hasta sabemos lo que algunos neurólogos han contado al respecto: se supone que es un “miedo” que se puede “controlar” y que basta con dejar de mirar la pantalla, o finalizar el libro, o saber que tanta sangre en los disfraces es puro atrezzo. 

Lo he pensado mejor, y, sí, voy a responder la pregunta.  No es verdad que a la gente le guste pasar miedo, les gusta “jugar a que parezca que  sienten miedo” ¡Ah, ese miedo de ficción, cómo les pone! Lo que ocurre es que no han sentido nunca lo que es el horror, el de verdad, el que entra por la mente, y atraviesa el cuerpo. Por naturaleza, nuestro cerebro evita el dolor, al mismo tiempo que busca el placer.

Invito a quien quiera sentir el miedo, el terror y otras sensaciones límite, como la angustia, el desamparo, el abandono y el hambre (por citar sólo a algunas), que se dé una vuelta estos días por las calles de Haití, como ha hecho, por ejemplo, Antonio Miguel Carmona, a quien todos conocéis de sobra porque, además de otros cargos ejercidos, en la actualidad es Concejal del Ayuntamiento de Madrid por el PSOE, contertulio habitual en varios programas de televisión, además de Doctor en Ciencias Económicas y Profesor en la Universidad.

Carmona está, desde hace cinco días viviendo de primera mano cómo, en este país centroamericano, las desgracias se acumulan como un suma y sigue… En nuestra memoria quedan aún restos de las imágenes del terremoto que asólo en 2010 un país, que aparece en un horrible ranking, entre los más pobres del mundo. Un seísmo, recordemos, que dejó más de 300.000 muertos, dos millones de personas sin hogar y muchísimos niños huérfanos.

Lo de “llueve sobre mojado” es aquí más gráfico que nunca. La aparición del huracán “Tomás”, en noviembre de ese mismo año, coincidió con la epidemia de cólera que se propagó a través de una de las bases de la ONU, y que dejó otras 10.000 fallecidos entre la población del país caribeño, además de 800.000 personas que contrajeron la enfermedad.

Tras el paso del huracán Matthew, hace tan sólo unas semanas, resulta ardua tarea describir tanta desolación. El cólera planea de nuevo sobre las zonas más afectadas, donde ya se han producido casos entre la población infantil.  “Esto es un infierno del que es difícil salir. Haití tiene el 70% de la población por debajo del umbral de la pobreza, esperando ser devorados por su dos grandes enemigos: el cólera y la hambruna”, ha denunciado Carmona, quien ha tenido ocasión estos días de ser testigo de excepción de orfanatos abarrotados, “y lo que es peor, cientos de niños sin poder entrar”. Niños sin padres, sin hogar, sin comida, sin escolarizar, y, por si todo esto fuera, poco, muchos son víctimas de abusos sexuales, o pasto de la prostitución en la vecina República Dominicana.

Antonio M. Carmona ha visitado uno de los municipios más golpeados por el huracán Matthew, al que describe como una ciudad fantasma, por cuyas calles vagan sus habitantes en busca de una respuesta: “Necesitan un lugar donde dormir, escuelas que reconstruir, potabilizadoras que instalar. He visto casas de huérfanos abarrotadas, niños abandonados por las calles, familias que tratan de ingresar a sus hijos desnutridos en orfanatos que no pueden admitirlos.”

Por otra parte, la inexistencia de un gobierno solvente, convierte a Haití en un país sin apenas Administración, en el que, por ejemplo, según relata Carmona, “llegar a Jeremie es una trampa mortal, por carreteras de piedra, cortadas con grandes piedras por asaltantes, y donde pararse es despreciar la vida humana”.

Y, de “propina”, hace unos días, varios medios de comunicación nos cuentan que la Federación Española de Fútbol se apropió de una subvención de 220.000 euros que, tras el terremoto de 2010, el Consejo Superior de Deportes entregó a dicha Federación, con el objetivo de crear una escuela de fútbol para los niños damnificados de Haití, que nunca llegó a construirse.

Vuelve a "llover sobre mojado". Algunos dirán alguna de esas frases tan manidas como: "Qué mala suerte" o "Las desgracias nunca vienen solas". A mí se me ocurre que si hay alguien todavía que quiera pasar un poco de miedo, del de verdad, se vaya unos días allí, y luego nos cuente la diferencia entre terror del auténtico, y del de pacotilla. También se me ocurren algunas frases, aunque no sean mías:

"Ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si una gran parte de sus miembros es pobre y desdichada". (Adam Smith)

"La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa" (Albert Einstein)

 

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01/11/2016 22:44 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

El corazón de la paloma

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Un día más no puedo acabar de comer sin que el mando a distancia "pague el pato" de mi desazón ante lo que va apareciendo en la pantalla. Víctimas inocentes del último atentado yihadista desfilan ante nuestra retina, y antes de que dé tiempo a procesar tanto dolor y sinrazón, ya tenemos en primer plano la última mujer muerta a manos de su marido, novio, ex o como quiera que pueda llamarse a quien es capaz de hacer algo así. Mientras intento masticar el trozo de tomate que acabo de llevarme a la boca, mis ojos han dejado de enfocar al televisor, pero, como es obvio, no llevo tapones en los oídos, y aquello sigue... Suma y sigue...Ahora la voz, sin rostro para mí, como si hiciera un inciso entre tragedias, habla de los cuarenta grados a los que llegaremos mañana en la capital. ¡Cómo sí no lo notáramos! Deben de creer que, como ya llevamos mucho tiempo anestesiados por la que está cayendo desde hace tiempo (y no me refiero al tiempo atmosférico), no nos enteramos si estamos a bajo cero o a más de cuarenta. En mi caso, hay ratos que creo que estoy a ciento cuarenta por hora, y no me refiero a cuando conduzco: al contrario, es quizá cuando estoy más serena porque sólo me concentro en eso.

Tengo que haceros una confesión: hay días en que, un rato antes de la hora de comer, escondo el mando de la tele, para no ver ni oír nada durante ese tiempo, y, poder asegurarme, que no voy a morir atragantada mientras asisto a tanta atrocidad. Ya, ya sé lo que estáis pensando: aunque no lo vea comiendo, posiblemente me llegará algún titular, imagen al móvil, me enteraré si entro en Facebook o twitter. Eso es verdad, y por esa misma razón, hay días en que deseo estar aislada de todo. Hay quien lo puede ver como cobardía: no querer enterarse de lo que pasa para no sufrir. Puede que sea cierto, pero también os digo que un alto porcentaje de la impotencia, rabia y dolor que siento, es que después de saber todo eso, de estar informada de tanta inmundicia, TODO SIGUE IGUAL. Si algún día lo comentas a fondo con alguien de tu confianza, te dice: "Hija, es que no se puede sufrir tanto por todo, porque al final, todo sigue igual y, encima tú y gente tan sensible como tú, os lleváis un mal rato". ¡Mal rato! (Reflexiono, para mal rato los protagonistas de todas estas desgracias!!!

No me resigno a que el mundo, un lugar que encierra tanta belleza, se convierta cada día en escenario de tanta y tan diversa crueldad. Los niños son asesinados en las guerras, los adultos también. Los niños que sobreviven a esas guerras se convierten en huérfanos, y la mayoría de éstos, en pasto de las mafias. Los países más poderosos se reúnen por enésima vez para buscar soluciones. ¿Soluciones para quién? Para que los llamados "efectos colaterales" les salpiquen lo menos posible. Algunos podrían impartir un máster que llevara por título "Experto en quitarse el muerto de encima" (nunca mejor dicho). Por cierto, los que no están aún muertos, están "muertos en vida", y sin esperanza alguna, que es mucho peor.

Mientras tanto, hace un rato que he bajado a la calle, a pesar de que son casi las cuatro de la tarde, y las chicharras cantan por soleares, pero mi desazón casi me impide ser plenamente consciente de los treinta y ocho grados que caen sobre mi cabeza. Voy pensando en todo lo que acabo de ver, un día más, y voy diciéndome también que tendré que acabar haciendo caso a los que me dicen: "procura pensar en otra cosa, no te quites la vida dando vueltas a eso, porque ya se sabe, que tragedias y desgracias nunca han faltado, y seguirá habiéndolas mientras el mundo sea mundo". ¡Qué frases, si las piensas a fondo un momento!

Han empezado a caer de mis ojos unas lágrimas como puños, que ya no aguantaban más en la "puerta del ojo" (como decía un amigo mío), acabo de doblar la esquina, y de repente, veo la escena. Estoy a unos cinco metros, y por un instante me digo que no es verdad, que son alucinaciones mías. Voy aproximándome poco a poco mientras, sin apenas darme cuenta, contengo la respiración, como si fuera a despertarla. Allí está ella: yace en el asfalto con dignidad egregia, junto al charco de sangre en forma de corazón que ha quedado junto a su cabeza. Creo que no voy a ser capaz, pero finalmente me agacho y la contemplo, y en ese momento es como si todo lo que acabo de ver hace un rato, todas las imágenes de muerte que vomitaba la televisión cuando decidí dejarla muda y ciega al disparar con agresividad el mando a distancia, cobraran vida propia en esa paloma muerta. ¡Qué paradoja acabo de soltar sin darme cuenta! Ahora que se lleva tanto lo de creer en las señales, ¿Cómo debería interpretar esa escena?

Algún vidente o visionario (ya sé que no es lo mismo) podría lanzar a modo de profecía: ¿Dónde queda la esperanza de un mundo en paz? El que se ha considerado símbolo eterno de La Paz en el mundo yace aquí junto a su propia sangre. Su sangre derramada ha dibujado un pequeño corazón. ¿Será esa la clave del jeroglífico? Quiero pensar que aún no está todo perdido. ¡Vamos a buscar en el corazón de cada uno de nosotros! El mío me dice que hay que hacer lo posible para que no sigamos viendo tanta sangre. ¡El rojo es un color tan cálido y hermoso que quiero seguir asociándolo sólo a la vida!

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02/09/2016 18:23 MERCEDES GÓMEZ VERDEJO Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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